domingo, 24 de octubre de 2010

Morir en Barracas


Existen importantes sectores políticos en nuestro país, especialmente vinculados a la derecha, que entienden la política desde el lenguaje de la muerte. Su modo de intervención está vinculado a reducir la acción de los sujetos al máximo. Los sujetos no pueden reclamar, no pueden recibir un salario justo, no pueden plantarse como protagonistas de un momento histórico, no pueden tener proyectos y esa negación de sus posibilidades los lleva a pensar la muerte como un modo de hablar de la política, como un idioma en el que ellos se presentan para establecer, a partir del terror y el dolor que toda muerte presenta, una nueva imposibilidad.

La pregunta, frente al reciente asesinato de un militante es ¿de que modo aquellos que nos proponemos intervenir políticamente nos paramos frente a esta estrategia de la muerte? ¿Cómo combatir la política del crimen sin reproducir sus métodos?

En las tragedias griegas los dioses diseñaban terribles fatalidades para los reyes y príncipes como un modo de demostrarles que su poder era muy endeble, que nada podían hacer frente al dominio divino. Los hechos de Barracas quieren señalar que el verdadero poder es otro, no el que está en la Rosada. Hay otra fuerza que le hace pito catalán a los propósitos de la Presidenta. Si ella dice que su gobierno no va a reprimir ellos le tiran un muerto para responderle: tus objetivos no valen nada para nosotros.

Elisa Carrió, Morales Solá formaban el coro que pedía a gritos un muerto. El muerto vale para ellos, en la medida que frustre un proyecto político. Su modo de entender la vida es claro. El militante que cobra entidad para ellos es el militante muerto. Allí asume un nombre quien antes fuera anónimo. La izquierda también se exalta con sus muertos porque es el único modo que encuentran de conseguir protagonismo. Ellos adquieren entidad en el disturbio, la crisis, el despelote. Se trata de sectores incapaces de construir, de pensar la política desde la acción, desde la creación de posibilidades, desde la concreción de mejoras notables en la vida de los sujetos. No sólo no pueden realizar esta política sino que sienten una profunda envidia hacia quienes logran llevarla a la práctica.

En la discusión del “No matarás” que hace unos años efectuara Oscar Del Barco, había un dejo de tragedia y de resignación que se respiraba en sus enrarecidos textos. Existe una derecha asesina frente a la que no hay posibilidad de defensa. El único camino que le queda al pueblo es la mansedumbre. Antes que identificarse con el asesino y reproducir su lógica es preferible ser víctima. Por supuesto que mi interpretación de Del Barco es hereje. Pero no estoy intentando explicar sus textos sino decir aquello que para mi se desprende de sus formulaciones.

Toda muerte que se desarrolla en un escenario político social tiene múltiples significados. Es imprescindible desentrañar el sentido que tiene en cada uno de los contextos. El asesinato de Kosteky y Santillán señaló los límites del gobierno de Eduardo Duhalde. El presidente interino no podía controlar la situación de crisis social por la que atravesaba el país y tomó la decisión de reprimir como un modo de capturar el control, de manejar los hechos.Fue un error político que padeció, que frustró sus deseos de continuar como presidente pero se trató de un error inevitable porque estaba en la lógica de su concepción política.

El asesinato de Mariano Ferreyra surge de sectores sindicales contrarios al gobierno y se articula perfectamente con las acciones de una oposición que necesita imperiosamente que este modelo llegue a su fin para beneficiarse económicamente con la crisis y el ajuste. Pero no es sólo eso. Estos pingüinos, esta mierda oficialista, le está haciendo creer a la gente que puede ser protagonista, que puede tomar las riendas de la historia, que puede pensar, escribir sus ideas en la web, criticar a periodistas impolutos, exigir y pedir una vida mejor. En estos siete años nos reencontramos con muchas de nuestras capacidades y ese es un aprendizaje inolvidable. En los noventa sentíamos que no podíamos nada, que teníamos que resignarnos e intentar zafarla incluso ,pisándole la cabeza a nuestros amigos, ahora nos sorprenden nuestras convicciones, defendemos los que pensamos y nos bancamos los riesgos y esto es mucho más peligroso que una paritaria.

Los que matan nos quieren convencer de que nuestra vida está en sus manos, que nos pueden hacer desaparecer, que no somos absolutamente nada más que títeres que debemos amoldarnos a sus intereses. Mientras que, casi como una paradoja quieren encender otra acción, aquella que pueble las calles de marchas contra el gobierno para señalarlo como el responsable de esta muerte.

Es una manera de ponerle límites al kirchnerismo. Insisto, es urgente pensar de qué modo debemos combatir y trazar estrategias frente a un contrincante de estas características sin compartir sus métodos. Porque nos vuelven a instalar en el enunciado que sostiene que la lucha política se resuelve en la guerra. Quienes se rasgan las vestiduras por la crispación, por la persistencia en el conflicto, pretenden responder al conflicto con la aniquilación del otro.

Estamos enfrentándonos a un adversario que no tiene escrúpulos, por eso hay que ser lucidos y adelantarse a los hechos. El gobierno tendría que haber estado advertido de que una situación así podía ocurrir y desplegar acciones para impedirla.

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