miércoles, 10 de febrero de 2016

Esculpir en el tiempo

El trazo lo construye Belacqua que, como buen personaje beckettiano, no sabe lo que quiere ni hacia donde va. El joven está enamorado de la cintura para arriba y conoce a una serie de personajes que el narrador se encargará de ir catalogando en torno a la inmediatez o permanencia que decida darle en el espacio de la trama.
Como una suerte de reflexión, de ensayo novelístico donde la voz del narrador hace partícipe al lector de sus decisiones, pero también como un premonitorio recurso borgeano donde el nombre del autor aparece estampado en la página y entonces, naturalmente, se convierte en personaje, Samuel Beckett juega en este experimento narrativo que es su primera novela llamada Sueño con mujeres que ni fu ni fa.
Las mujeres son figuras grotescas, descomunales y apabullantes. Un tanto fálicas, también, como es el caso de Smeraldina - Rima, mujer violadora capaz de todas las acciones que el pobre Belacqua se niega a ejecutar.
El escritor en sus comienzos se inspira en la obra de su maestro, James Joyce y allí está esa poética guarra, esa risa un tanto irónica y también la gimnasia con las palabras que construye un recorrido aparte, porque, como ocurre en Retrato del artista adolescente o en Ulises, esta novela escrita originalmente en inglés en 1932, parece un mapa, un sendero dibujado para caminar más que para leer.
Es también una indagación arqueológica en los archivos de esa versión beckettiana que tuvo su comienzo y su final con este texto pero que podría haberse ensanchado en una exuberancia del lenguaje, en una mezcla de idiomas, en ese momento de impasse en el hotel Trianon de Paris donde el joven irlandés se enfrenta a un volcán interior. Entiende, como Belacqua que hay muchos Beckett, que su temperamento es también una pieza literaria que deberá pulir para encontrar algo que en Beckett nunca tendrá el nombre de estilo. Será tal vez una voz, un sello en su escritura inconfundible que se construirá en el rechazo a toda pretensión estética. Hay aquí una forma que poco tiene que ver con los textos que lo convirtieron en genio. Es la obra de un hombre exiliado de la vida literaria y académica que comienza a separarse de Joyce y descubre que su relación con las mujeres será por siempre tortuosa. Es el momento previo al descubrimiento de la propia identidad como artista, un instante de talento desbocado, de ajuste de cuentas y también de una preciosa confusión.
Las escenas se construyen a partir de un código burlesco desatado por la ambigüedad de Belacqua, un muchachito que no parece hecho para la vida de carne y hueso sino para esa otra que sucede en su cabeza, o en el interior del túnel donde se sumerge cuando la angustia se parece demasiado a una mueca. Como en Joyce es en el pensamiento desvariado de Belacqua donde realmente se desarrolla una historia que, contradictoriamente, se esfuerza por mostrarse inaprensible para el lector. Todo se enmaraña y se complica porque el protagonista es un extraño en cada suelo que pisa.
Belacqua es un intento de poeta que prefiere soñar con la amada más que tenerla, seguramente porque no la ama pero simula quererla con el sinsentido propio del mundo beckettiano. Es que el joven está por fuera de los hechos y no entiende los arrebatos de esas mujeres tan carnales.
Esa reelaboración que la literatura hace de la anécdota se multiplica en un tono barroco, en un disfrute por enmarañar el germen de una escena simple. Belacqua es una excepción y como tal demuestra un estado de inferioridad frente a los hechos.
Existe una voluntad de crear una suerte de cubismo literario donde las acciones son tajeadas, partidas y a su vez minuciosamente observadas, dueñas de infinitas telarañas. Hay un deseo de escribir sobre lo invisible.”La experiencia del lector tendrá lugar entre las frases, en el silencio, le será comunicada en los intervalos, no en los términos del enunciado.”
Un escritor que se corrige, que vuelve sobre lo escrito para ponerlo en duda. No es la peripecia lo que construye la ingeniería de la novela beckettiana sino un territorio de posibilidades. Si Joyce narraba desde el fluir de la conciencia, Beckett parece contar desde su propio inconciente.
Tal vez el origen de todo se encuentre en una mujer. En la frágil Lucía Joyce, cuya esquizofrenia sirvió de estímulo al padre para derivar en una narrativa casi imposible, como ocurre en Finnegans Wake, novela que Beckett tradujo al francés.
La chica se había enamorado de Beckett y los desaires del joven irlandés que tal vez como Belacqua tenía por norma el mal carácter y el humor taciturno, fueron el perfecto combustible de esa locura que se manifestaba en un lenguaje que seducía al padre y al discípulo por igual. De Lucía extirparon lo indecible y la chica fue eternamente un personaje beckettiano.
Es que la novela es profundamente autobiográfica. Lo que Belacqua quiere es habitar su mundo interior, disfrutar de su tristeza y refugiarse en la uterotumba. Son las figuras femeninas, disfrazadas de los nombres reales de aquellas mujeres que por ese entonces sacudían la vida del autor de Esperando a Godot, las que lo obligan a una experiencia que no despierta en él ningún atractivo.
Pero también Beckett se propone discutir las formas de la novela tradicional, que ya había sido desarmada sagazmente por Joyce, al establecer niveles de intertextualidad. Sus personajes y sus acciones pierden la prolijidad de la novela burguesa para derramar una infusión de vida. Las discontinuidades y las incoherencias de Belacqua funcionan como un intento de convertir la literatura en algo más parecido a la percepción real de los hechos.
Las palabras tienen un protagonismo contundente en un autor que meses después se zambulliría en el psicoanálisis para pasar por varias reclusiones creativas hasta renacer como ese escritor austero y despojado que sorprendió al mundo con su majestuosa manera de esculpir en el tiempo.
Sueño con mujeres que ni fu ni fa - Autor Samuel Beckett

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