domingo, 18 de julio de 2010

La flor de sus secretos


Testimonio inédito de una amiga de Julio Cortázar
No resulta difícil imaginar a Rosario Santos en su casa de Sopocachi, una zona residencial de Bolivia, en un diálogo permanente y cuidadoso con su pasado. Se trata de un tesoro intangible que para alguien que ha trabajado durante toda su vida con ideas, palabras y pensamientos, por momentos se esboza en un papel para traer sólo una parte, una porción de sus recuerdos.
Alguna vez Rosario Santos decidió abandonar su Bolivia natal para estudiar en Nueva York. En el año 1972 comienza a trabajar en el Instituto de Relaciones internacionales (hoy América Society) “En esos años de dictaduras llegaban a Nueva York muchos escritores, artistas e intelectuales que salían de sus países y se sentían atraídos por el ambiente que reinaba en los años setenta en Nueva York, de gran apertura y de apoyo a los movimientos anti dictaduras. Por mi trabajo yo estaba muy al tanto de lo que sucedía en esos países”, recuerda Rosario Santos. “Me permitía estar en contacto con escritores para que pudieran quedarse un tiempo en la ciudad.”
Así fue como Rosario Santos conoció a Julio Cortázar y pudo ser testigo de la última década de su vida. De su amistad con Cortázar hoy quedan una serie de cartas y los recuerdos de Rosario. Sobre esas dos posesiones Rosario
guarda mucho misterio. Si bien se ha decidido a publicar su correspondencia con Cortázar, Rosario entrega fragmentos de sus cartas, cuidadosamente seleccionados. En ellos aparece el escritor que sufre la demanda permanente de sus actividades públicas, que sueña con volver a ocuparse de la literatura: “Acabo de volver de Viena donde pasé un mes trabajando y esta tarde salgo para Venecia donde la Bienal organiza una serie de actos de solidaridad con Chile. Dentro de diez días salgo para Caracas, tremendo viaje para asistir a otro congreso, esta vez de periodistas de izquierda en defensa de Chile y te darás cuenta del descalabro que este tipo de vida provoca en mi correspondencia personal.”, confiesa el autor de Bestiario y agrega: “A veces, antes de dormirme, imagino algo así como una gran playa del tiempo, mientras todos sueñan con las playas de arena y verdes palmeras, yo la veo en términos temporales y en esa playa de tiempo me instalaría con libros y discos, sabiendo que no tengo obligaciones inmediatas y volvería a vivir
por un momento como muchas veces viví en mi juventud, saboreando el instante puro, sin que estuviera contaminado como ahora por el futuro y sus exigencias. Pero esos son sueños de pequeño burgués, como dirían mis compañeros de luchas.”
Pocos detalles se deslizan en estos fragmentos sobre el mundo íntimo de Cortázar, sobre esos momentos donde la literatura se eclipsa. Rosario apenas nos deja asomarnos a ese “feliz intercambio de comentarios y confidencias entre dos amigos de verdad”, como define esta correspondencia.
Cortázar es siempre un escritor y, más allá de los pudores de Rosario Santos o de sus sinceras dificultades para recordar, estas cartas pueden ser un modo de acercarse a una manera compleja, conflictiva y gustosa de vivir la literatura.
Cortázar fue un escritor que sufrió muchas transformaciones en su vida. Llegó a la política cuando ya era un autor destacado, intentó acercar la literatura a la política, no siempre con éxito y quiso vivir como un escritor, dándole vida a sus ideas en la acción misma. Estas cartas permiten entender la dificultad de semejante tarea. “Lo malo es
que los Videla y los Pinochet, inter alia, me siguen obligando a dedicar la mayor parte de mi tiempo a actividades para las que desde luego no nací pero que debo asumir. De cuando en cuando hay una alegría en este terreno y en estos días me la trae Nicaragua. Pero más al sur todo sigue en su negro horror y está lejos de encontrar una salida”, observa Cortázar.
En esta vorágine se filtra Rosario Santos. En un primer momento como su anfitriona en Nueva York, como su compañía para disfrutar de los reductos de jazz, una música que suena en sus cuentos. Rosario describe un Cortázar “abierto y cordial. Durante las
reuniones era siempre el centro de atención del público, sobre todo de los estudiantes universitario que lo tenían constantemente de aliado.” También se fue convirtiendo en un asesor de lujo para Rosario, un amigo que comentaba su trabajo como editora. “Yo era gerente editorial de la revista Review, Latin American Art and Literatura”, agrega Rosario Santos “Cortázar era mi concejero, me daba sus comentarios cada vez que recibía un nuevo número y su opinión para mi era un importante aliciente y un reconocimiento a mi trabajo.”
El tiempo era algo demasiado preciado para Cortázar por aquellos años. Mantener su amistad con Rosario durante diez años y con tan marcada lejanía, debe haber implicado para el escritor argentino una tarea constante y dedicada. Rosario no pasó por su vida de manera intrascendente. “Hay ocasiones en la vida en la que a veces una conoce gente que luego pasa y no deja rastro o deja un recuerdo pasajero. En cambio, hay personas con las que una siente de inmediato que hay contacto, que hay afinidad, que hay
simpatía y así sucedió con Cortázar. Compartíamos en nuestras charlas mucho de la situación política de nuestros países y del resto de América Latina”, confiesa Rosario.
Hay un tono agónico en las cartas de Cortázar. Hacia 1979 declaraba salir de un pozo hondo de más de dos años, Carol me da una gran felicidad y mucha paz y vuelvo a escribir con ganas, estoy termina nado un libro de cuentos que espero te gustarán”. Rosario se niega a dar detalles sobre los episodios que rodean esta carta, asegura no recordar muy bien, se muestra, en gran medida, fiel a las
confidencias de su amigo.
Publicar una correspondencia implica exponer parte de la propia vida. Siempre se presentan dilemas y pudores al momento de darla a conocer. “No tuve la ocasión ni la intención de dar a conocer las cartas de Cortázar, las guardaba como recuerdo. Hasta que hace poco, la revista Fondo Negro, suplemento literario del diario La Prensa de La Paz, publicó un artículo sobre nuevos cuentos de Cortázar con
motivo del aniversario de su muerte. Entonces recordé el poema que el poeta chileno Julio Silva me había dado pocos días después del 12c de febrero de 1984 para que lo publicara en Review. Llamé a Martín Zelaya, editor de Fondo Negro, le ofrecí el poema y en el curso de la conversación surgieron las cartas y nos pusimos de acuerdo para sacar unos extractos”, explica Rosario. “Las cartas que guardo son, en su mayoría, muy cortazianas y también son constancia de un hombre sensible, muy consciente de su doble compromiso con su obra literarias con su actividad política y siempre afligido por la falta de tiempo para dedicarle a su escritura. Como buenos amigos nos contábamos nuestras preocupaciones personales y nos dábamos apoyo.”
Lo cierto es que Cortázar y Crol Dunlop, su esposa, estaban enfermos. Ella tenía cáncer y él leucemia. Carol era la encargada de guardar el secreto. En una carta a su editora, la joven francesa que en as fotos donde descansa al lado de Cortázar parece una actriz de un film de Godart, escribe como en una descarga. “Hace casi un año que sé, y soy la única en saber fuera de los médicos, que Julio tiene una leucemia crónica. Él no lo
sabe ni l tiene que saber”
Carol muere un año antes que Cortázar. “Gracias, q8uerida Rosario, por tu mensaje que me ayuda a sentirme un poco menos vacío en este presente que no consigo realizar”. Escribir se vuelve una tarea cada vez más difícil y su propia salud se debilita. “En su última visita a Nueva York, en diciembre de 1983, dos meses antes de su muerte, llegó para participar de un congreso de derechos humanos en las Naciones Unidas. Me
llamó a su llegada al hotel, fuimos a tomar el desayuno y me impactó verlo tan demacrado, sin ánimos y muy delgado. Por la noche vino a mi departamento a escribir su ponencia que debía presentar al día siguiente Ya no lo vi después. Cerca de fin de año lo llamé a Paris para desearle un feliz año y me dijo que se internaría en el hospital para un chequeo médico. Ya no salió más”, relata Rosario.
En el medio hubo una visita a la argentina democrática y el intento de tener un encuentro con Raúl Alfonsín, algo que no pudo concretarse por desinterés del residente radical. Rosario cuenta que los planes de Cortázar era pasar una larga temporada en la Argentina, más allá de mostrarse escéptico sobre los cambios políticos. “se creen ya en democracia”, le escribía a su amigo Jean L. Andrew.
El tiempo había pasado y ni Cortázar ni su país pudieron darse la posibilidad del reencuentro.

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