sábado, 26 de junio de 2010

Mujeres peligrosas


Una versión de esta nota fue publicada el viernes 18 de junio en el diario Página/12

Alejandra la llama varias veces al día, entre la ansiedad y la mezcla de pastillas. Silvina a veces no quiere atenderla, la presión de escribir contra la mirada tiránica de su hermana Victoria y las infidelidades de su Adolfito, la distraen de la fascinación que le despierta la joven poeta. Alejandra le escribe cartas extremas “no puedo ser tamaña supliciada”, “no hagas que tenga que morir ya”. Silvina no es una mujer dispuesta a caer en dramatismos pero Alejandra Pizarnik se suicida y todo lo que pudo ocurrir entre ellas queda suspendido. No hay una razón para quitarse la vida pero hay palabras que dan testimonio de un vínculo oscurecido entre ambigüedades y silencios.
La época que les tocó vivir quiso convertir a Silvina Ocampo y a Pizarnik en dos personajes periféricos. En esos bordes se encuentran y se ríen con rudeza de la hermosa pareja de amantes que forman Bioy Casares y Elena Garro, la esposa de Octavio Paz. Silvina conoce los romances de su marido. Las dos se sienten feas y entienden que las mujeres que escriben pueden llegar a parecerse a los hombres, pueden amar como un hombre, pueden ser tan lascivas como ellos. Las mujeres que escriben son peligrosas, especialmente si pertenecen a la aristocracia y actúan de testigos de la crueldad de su clase, si se proponen, como Silvina Ocampo, decir la verdad, romper las formas .
Cuando Noemí Frenkel descarga los poemas de Pizarnik en la sala Enrique Muiño del Centro Cultural San Martín, aparece la hija de inmigrantes rusos de “voz hipnótica, sugestiva, cavernosa, bien grabe”, que la actriz encontró en una grabación en yuotube. Y Marta Bianchi, quien compone a Silvina Ocampo en el espectáculo “Mujeres terribles”, explica que “la dirección de Lía Jelín le dio un sentido dramático , a todo le encontró un por qué , acá el poema está al servicio del relato.” Entonces el poema se transforma para ser la revelación de un momento, el espacio de consuelo al que Pizarnik y Ocampo recurren cuando el amor falla, cuando la luz de su condición de raras, de brillantes rarezas, no es suficiente, cuando la infancia se convierte en un regreso cargado de perversidades.

Gracias a esos textos que las dramaturgas de “Mujeres terribles” escarban para reconstruir ese estado donde la charla y el encanto jamás abandonaban su forma literaria, sabemos que Pizarnik amaba a Silvina Ocampo “Su lenguaje me fascina”, señala Marisé Monteiro como una prueba casi pudorosa de que ese enamoramiento no pasaba los límites de la ficción pero Noemí Frenkel la interrumpe: “Por algunos testimonios que recogí ,Alejandra estaba enamorada apasionadamente de Silvina pero en lo concreto fue una amistad, fue un vínculo que se construyó, probablemente, con una gran seducción mutua, de una gran fascinación” y Marta Binchi agrega: “Tuvieron una relación muy pasional”. Entonces crecen las hipótesis como en un ritual que recrea el diálogo que cada actriz tiene con su personaje y Frenkel propone “Hubo un momento en el que Alejandra estaba muy obsesionada con Silvina y Silvina debe haber necesitado tomar distancia, o se debe haber aburrido” y Bianchi supone “O no era el proyecto tan importante para Silvina.”
En toda la obra se respira una voluntad de ser fiel a los hechos, de acercarse a esas biografías con un minucioso afán de reconstrucción. “Nosotras no quisimos seguir pensando nada más allá de lo que estuviera escrito o dicho, no quisimos ficcionar nada sobre lo que no supiéramos, hay un hueco donde no se sabe qué pasó”, comenta Virginia Uriarte, otra de las autoras .
Silvina casi no menciona a Alejandra en sus cartas y Pizarnik se pregunta por qué voy a enamorarme de alguien que es mentira, “la inventé , yo inventé este amor” . “La obligué a ser mi imposible”, recuerda Frenkel. Esas palabras envueltas en las grandes escenas que protagonizaba Silvina Ocampo podían ser fatales. “Silvina era capaz de cualquier cosa”, confiesa Bianchi, “de las peores groserías y maldades pero todo con una enorme seducción”. Ese ser intuitivo que predecía fatalidades no dejaba de ser encantador para una Pizarnik que alardeaba de ser La Maga, una musa secreta de la novela Rayuela de Julio Cortázar.
Si el poeta es un performer al que no le alcanza la palabra y necesita la voz, si Pizarnik buscó hacer el cuerpo del poema en el propio cuerpo, estas dos mujeres hicieron de su pasión un juego literario, un universo donde el amor entre mujeres era posible en el no lugar del lenguaje. “Escribo para no tener que hablar”, declara Silvina en la figura de Marta Bianchi y es claro que la literatura le sirve para intentar ser otra
Silvina Ocampo envía desde Paris un ramo de rosas al departamento porteño de Pizarnik ,quien la extraña con devoción. La joven poeta vive como un ultraje ese obsequio. “La sexualidad de las dos fue muy ambigua”, comenta Uriarte, “Alejandra alternaba relaciones heterosexuales y homosexuales y de Silvina también se dice que era bisexual” Ocampo usaba esa alternancia sexual como un recurso mágico y misterioso, como parte del universo sobrenatural de sus relatos . Era una mujer de sesenta años que miraba con distancia a una treinteañera Pizarnik que la había comprendido como pocos al momento de descubrir el humor en su obra .
La sospecha de que Silvina Ocampo tuvo un romance con Marta Casares, las suposiciones maliciosas que encuentran en ese amor la explicación del casamiento entre Bioy Casares y Silvina, como si el autor de “La invensión de Morel” se hubiera propuesto salvar a su madre de los lapidarios rumores de su exquisito entorno, no inquietan tanto como secretos de familia. Lo que realmente revelan es esa persistencia, tanto en Pizarnik como en Ocampo de hacer de cada hecho de la vida una experiencia literaria donde descolocar, donde no cumplir con el esteriotipo de las buenas costumbres, se vuelve imperdonable.
“Diez días antes de estrenar me encuentro con una chica que estuvo internada con Alejandra en el Pirovano“ ,cuenta Frenkel , “fue compañera de internación durante tres meses. Me sirvió para desdramatizar cual era mi fantasía sobre lo que ocurría en el Pirovano, me decía que era como un internado, que Alejandra era una quilombera, que organizaba jodas”. Son muchos los personajes reales que se hacen presente en la sala del Centro Cultural San Martín cada miércoles, tal vez el más preciado sea el de Jovita Iglesias, la empleada histórica de la casa que compartía el matrimonio de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. La mujer diminuta se apareció en el camarín vestida con la ropa y la cartera de Silvina. Sostenía extasiada la mano de Marta Bianchi y confesaba que la autora de “Pecado mortal” sólo hablaba con ella porque “huía de la gente” y que fue la encargada de cuidarla hasta el final, de cerrarle los ojos. También fue la heredera de esa condición de testigo que en Silvina Ocampo funcionó como un arma. Será Jovita, tal vez, la encomendada a rellenar ese hueco que queda en el espectador después de asomarse al mundo de estas dos escritoras argentinas iluminadas por el paso del tiempo.
Recuadro:

“Mujeres Terribles” forma parte del ciclo Mujeres en la Literatura y se presenta todos los miércoles a las 20 horas en la Sala Enrique Muiño del Centro Cultural San Martín. La obra de Marisé Monteiro y Virginia Uriarte cuenta con la dirección de Lía Jelín y está acompañada de una muestra fotográfica llamada “Imágenes textuales” donde se exponen los rostros de varias de las escritoras fundamentales de la Argentina, bajo la curaduría de Sara Facio.
Al finalizar la obra protagonizada por Marta Bianchi y Noemí Frenkel, se realiza un conversatorio coordinado por la periodista Susana Reinoso. En “El arte de la palabra” las escritoras Elsa Osorio y Solange Camaüer debaten alternativamente sobre la singularidad de los mundos literarios de Silvina Ocampo y Alejandra Pizarnik

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