domingo, 4 de abril de 2010

Obediencia debida partidaria


El juicio a las juntas, entre otras medidas del alfonsinismo, instaló la discusión sobre la política de lo posible, algo de lo que se hablaba mucho en los años ochenta. Después del fracaso del proyecto de liberación nacional, se corría el riesgo de caer en una política de la resignación, una política de derrotados donde las limitaciones estuvieran por encima de los proyectos.
Raúl Alfonsín se inclinó por una política (muy criticada por la izquierda que parece no ver nunca los obstáculos) que corría riesgos enfrentándose a los condicionantes de su momento y tratando de resolverlos en el plano de la confrontación y los acuerdos pero sin recurrir a las acciones vanguardistas de los setenta. El posibilismo era una política del hacemos lo que podemos pero exprimiendo al límite las posibilidades. Dicho de otro modo, se trataba de hacer lo mejor de lo posible.
Alfonsín tenía muy en claro la experiencia del fracaso pero no fue el político de la derrota. Fue un presidente combativo que intentó repensar las anteriores maneras de enfrentarse al poder y creyó que la palabra, la intensificación de la democracia, los argumentos, eran el arma para vencerlos. Como Galileo Galilei, tal vez creyó que los anteriores fracasos se debían a la ausencia de pruebas racionales para ganarle a la irracionalidad de la derecha argentina. Cristina Fernández estaría en esta misma línea.
Para la izquierda se trata de ingenuidades porque ellos saben que la verdadera derecha es asesina.
La diferencia entre Alfonsín y Cristina Fernández reside en que el líder radical soñó con un liberalismo democrático. Muchos teóricos políticos hablaron de la incompatibilidad de estos dos términos en el ámbito nacional. El liberalismo, en nuestro país, no es democrático Hoy se expresa en el pensamiento de intelectuales como Beatriz Sarlo, Marcos Aguinis, los integrantes del Club Político Argentino y se reproduce toscamente en los discursos del PRO, la Coalición Cívica y el radicalismo. Es un discurso que no confronta con el poder económico y que no politiza la política. Algo que poco tiene que ver con la palabra y la acción de Alfonsín.
Cristina Fernández, al recuperar el peronismo clásico, se desliga de la tradición liberal. Su gobierno es peronista, populista, con menos mitos y más racionalidad. Para Cristina Fernández es más fácil incluir en su discurso a los sindicatos, a los trabajadores, a los sectores populares. Alfonsín tenía allí una limitación. Él entendía el juego político entre los partidos y las instituciones pero naufragaba en el terreno sindical. Tal vez aquellos que Alfonsín pensó como aliados fueron los que terminaron siendo oponentes.
Según Ernesto Semán en una nota publicada en Página/12 el año pasado,Alfonsín pensaba una instancia real o imaginaria donde el acuerdo con su enemigo de turno fuera posible. Aldo Rico podía convertirse en un “héroe de Malvinas” como los empresarios que lo silbaron en la sociedad rural eran falsos ruralistas. En esas frases estaba el reconocimiento del poder de sus enemigos y también la limitación de su proyecto.
Cristina Fernández no puede ceder a estas frases porque ella sabe que el acuerdo es imposible. La tensión se resuelve en el triunfo o la derrota de alguno de los dos bandos, en el esclarecimiento, en la pérdida del velo de toda la población argentina que puede decidir y ver, como a través del telescopio de Galileo Galilei, las pruebas.
El límite de la confrontación siempre es el resultado. Alfonsín confrontaba pero no dejaba espacios concretos para cimentar su política, por el contrario, le abrió el camino al menemismo.

De los usos que a un año de su muerte se hace de Raúl Alfonsín quisiera detenerme en uno. Tal vez no se trate exactamente de un uso sino de la única herencia que el radicalismo parece haber interpretado del principal líder que dio el partido de Yrigoyen en los últimos años. Lo único que la triste tropa radical parece estar en condiciones de asimilar de Alfonsín es la máxima de la totalización del partido.Alfonsín puso siempre al partido radical por encima de todo. Por salvarlo, por cuidar su protagonismo en épocas donde parecía estar destinado al olvido ,aceptó ser coautor del pacto de Olivos y llevar adelante una estrategia como la Alianza donde convivían sectores que se odiaban entre sí.También le valió acciones encomiables como su decisión de ser candidato a senador en el 99 por la provincia de Buenos Aires sabiendo que iba a perder, pero con la certeza que podía darle una banca a su partido.

En una nota que publicó Página/12 el 31 de marzo pasado, Mario Wainfeld, destaca este lugar prioritario que Alfonsín le daba al partido como una virtud. Me permito disentir con tan prestigioso analista político. Si Alfonsín detestaba a Fernando de la Rúa no tendría que haberlo respaldado como candidato a presidente porque si se callan públicamente las diferencias con un dirigente político que demostró su incapacidad alevosamente, se termina convirtiendo a los partidos políticos en corporaciones y no en espacios de debate que funcionan como el soporte de la democracia. Callarse sus diferencias con De La Rúa y respaldarlo como presidente no sólo se parece mucho a fomentar la obediencia debida sino que vuelve a Alfonsín cómplice de un gobierno que llevó al país a la ruina y huyó tras la muerte de decenas de personas en todo el país.

Wainfeld destaca que el espíritu de cuerpo pudo más que su bronca al momento de enterarse de las coimas en el Senado y el voto contra Cuba en la ONU .Lo que significa que para Alfonsín era más importante el partido que el país.

Yo también creo que los partidos deben ser espacios fuertes, sitios que hay que revitalizar con debates políticos y con un intenso sentido ideológico,estoy en contra de esas rupturas que aparecen como la alternativa más fácil ante la primer disidencia pero todo tiene un límite. No se puede respaldar a un candidato que tira por el suelo los fundamentos del mismo radicalismo o ,al menos ,aquellas sentencias en las que creía Alfonsín porque también implica echar por tierra su propia lucha de convertir al radicalismo en un partido social demócrata.

Esa manera de pensar al partido por sobre el país, de buscar cualquier estrategia para no perder protagonismo, lleva a la construcción de alianzas oscuras y desemboca hoy en el apoyo a Julio Cobos que el radicalismo parece dar sin fisuras. Wainfeld especula que si Alfonsín viviera desearía que el candidato para presidente en el 2011 fuera su hijo Ricardo pero si “como pintaba en marzo del año pasado y como es también factible que suceda, Julio Cobos tuviera mejores chances, el ex presidente estaría empujando su carro.” No sé si este comentario contra fáctico de Wainfeld se basa en una verdad y no quiero atacar a Alfonsín por algo que en vida no hizo porque, si somos sinceros, Alfonsín tuvo muchas oportunidades para respaldar a Cobos y jamás lo hizo públicamente aunque el vice diga que en su lecho de muerte le pidió que salvara al radicalismo. Como no sé que hubiera hecho Alfonsín decido pelearme con Wainfeld porque en su nota destaca esta decisión (por demás detestable) como un acto de valoración hacia Alfonsín. Cobos es un traidor. Si el radicalismo apuesta a reconstruirse en base a un traidor simplemente porque da bien en las encuestas, está firmando su acta de defunción . En primer lugar porque realiza un proceso de desideologización. Si para ellos la supuesta buena imagen puede más que sus ideologías y sus convicciones, están vaciando de contendido al radicalismo y se están volviendo claramente peligrosos. ¿A quien podrán elegir de candidato en un futuro si esta idea los guía?

Pero no sólo corre riesgos su identidad como partido sino que, al darle a la acción de un traidor la envergadura de un referente político , de un líder están deteriorando la construcción misma de nuestra sociedad. Por salvarse ellos, por volver al poder, por ganar una elección ( si es que lo logran) no le tiembla el pulso de instituir la figura del traidor como regla y camino para llegar a la popularidad política.

Yo no creo que “esta suma algebraica tenga el signo más adelante” como afirma Wainfeld. No creo que un partido sea un todo, un medio y un fin. No creo que el protagonismo político valga más que la nación. No creo que haya que callar diferencias por obediencia partidaria. Sigo apostando a los que dicen que no en los momentos difíciles Cuando dentro de algunos años la sociedad argentina deteste a Cobos y lo considere un traidor ¿que explicación dará el radicalismo? ¿Cuántas víctimas podría llegar a cobrarse este signo más que Wainfeld escribe con tanta ligereza?

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