domingo, 27 de diciembre de 2009

Kirchnerismo y dinero



En las discusiones sobre política y kirchnerismo surge siempre un tema, un argumento de parte de los detractores del gobierno nacional: Los Kirchner son millonarios y, más descalificador aún, hicieron su dinero a costa del estado. La discusión sobre la corrupción reduce la política a un fenómeno delictivo donde todo se explica y se enuncia desde es lugar.
El problema de la corrupción ocupó un protagonismo central en la política de los noventa. Principalmente porque el gobierno menemista era claramente corrupto y, en un orden no menos importante porque el periodismo encontró su razón de ser en la denuncia de los delitos del estado. Este mecanismo enunciaba una realidad donde el funcionario de turno era un ser sólo motivado por la necesidad de enriquecerse. Llegaba entonces el periodista, como una suerte de justiciero quien a partir de la cámara sorpresa o de mecanismos emparentados con la investigación develaba el delito y le decía la verdad al espectador. Ese ciudadano sentado en el sillón de su casa veía las pruebas desplegarse con contundencia en la pantalla pero no veía jamás sus consecuencias. La denuncia era posible porque la impunidad estaba garantizada. Es decir, los dos mecanismos iban juntos, no había diferencias entre uno y otro. El periodismo de investigación no venía a oponerse al poder sino que era posible porque su investigación no iba a derivar en un enjuiciamiento sino en un hecho bastante diferente. El fenómeno de está mecánica tenía su explicación en el escepticismo que generaba en el ciudadano espectador. Al ver que nada cambiaba el desencanto lo invadía. La realidad no es un espacio en el que yo pueda intervenir. Si estos periodistas expusieron sus pruebas frente a los ojos del todo el país y nada cambia esto es irremediable. Los caminos que quedaban eran o resignarse o ser igual a ellos.
La corrupción es un gran espectáculo y un gran negocio para el periodismo. Esto no es pura especulación intelectual, lo he visto con mis propios ojos. Al ocupar el lugar de justicieros los periodistas se ganaron el “afecto de la gente”. Cuando ya no se podía creer en nada, cuando no había ideales ni políticos confiables, el único resabio era el periodismo. Así su carisma, su rol de incuestionables fue creciendo. De este modo se construyó su autoridad.
Como soy walshiana sigo creyendo que ese periodismo de investigación al que cualquier estudiante de comunicación le hace un altar, es un camino seguro a la clandestinidad si se ejerce de forma independiente. Cuando veo que grandes editoriales y grandes medios sostienen investigaciones para desenmascarar al poder (que en su boca siempre es el gobierno de turno) entiendo que algo raro pasa. O ellos se han convertido en un poder más poderoso que el gobierno (algo que ya comprobamos que es verdad) o ese mismo gobierno es el que le provee de información con una clara estrategia internista (algo que en los años menemistas pude comprobar con deslumbrante transparencia). Con todo esto quiero decir, aunque a esta altura tendría que ser algo sabido por todos: Las denuncias de corrupción hechas por el periodismo nunca son realmente contrarias al poder sino que son funcionales al poder mismo. Si no fuera así, si se tratara de un Rodolfo Walsh del siglo XXI, terminarían en una zanja. Les recuerdo que Walsh tuvo que vivir en la clandestinidad para escribir “Operación Masacre”, ningún medio le quiso publicar esa investigación, jamás trabajó en un medio importante y terminó desaparecido.
En los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner hubo un romance entre la sociedad y su presidente. Esto fue absolutamente nocivo para el periodismo. Un presidente venía a quitarles su popularidad. Entonces reapareció la corrupción kirchnerista con algunos casos que todos recordamos. Pero ¿cuál es la diferencia fundamental con el menemismo? Que cuando hay política no hay corrupción o al menos ésta se atenúa y cuando hay corrupción no hay política.
La corrupción implica que el aparato del estado es una mera formalidad y que las decisiones se toman en otro ámbito, a espaldas de la ciudadanía, que los distintos sectores sociales no interfieren. No cuentan las relaciones de fuerzas sino los negocios. Kirchner abrió el juego político, la realidad volvió a ser el escenario por excelencia. Su discusión con julio Nazareno fue pública. Cuando la política se desarrolla de esta manera el espacio para la corrupción se reduce aunque no desaparece porque el poder en sí mismo es corrupto.
Comparemos el voto por la ley de flexibilización laboral durante el gobierno de Fernando De la Ría y el voto por la resolución 125 durante el gobierno de Cristina Fernández. En el primer caso las coimas, la Banelco fueron posibles porque no había política, es decir, no existía la capacidad de negociación, de acuerdos, tampoco existía la realidad plagada de actores políticos que pudieran incidir en el voto de los legisladores. Había marketing, la vacuidad de Antonio de La Rúa haciendo discursos, entonces sólo quedaba la plata. Los compramos y sacamos la ley. En realidad lo que la Alianza quiso hacer fue copiar al menemismo pero como no entendieron sus mecanismos terminaron construyendo su propia tumba. El menemismo era la ausencia de política como estrategia con una base política sólida. La Alianza era directamente la falta de política sin estrategia.
Durante las negociaciones por las retenciones móviles el gobierno no podía comprar diputados. Y aquí quiero aclarar una cosa. No se trata de políticos honestos o corruptos, más allá de que existen personas más nobles que otras. Se trata de poder o no poder, se trata de condiciones de posibilidad. El gran error cuando se habla de corrupción es pensarla desde las intenciones. Esta fue la gran simplificación de los noventa. Busquemos políticos honestos y la corrupción se termina. Gran error. Lo que hay que construir son mecanismos políticos. ¿Por qué Menem no cayó por su propia corrupción? ¿Por qué pudo terminar sus dos mandatos sin climas destituyentes? Porque él nunca fundó su gobierno en una promesa política. Él se encargó desde el primer momento de demostrar que la palabra no valía absolutamente nada, que era inconsistente y que no tenía nada que ver con los hechos de gobierno. Kirchner, por el contrario, desde su discurso de asunción vinculó la palabra política con la acción. Allí el político genera un compromiso con la ciudadanía mucho más arriesgado porque si la población no observa esta correspondencia le quita el apoyo y lo deja en una zona de más fragilidad. Por ejemplo, si Perón hubiera perdido el apoyo popular hubiera desaparecido su identidad, se habría derrumbado. Otro político que no construya su legitimidad desde el apoyo popular podrá sobrevivir mejor sin él.
La despolitización tiene entre sus principales herramientas a la corrupción como idioma desde el que se lee la realidad. La política se reduce al delito. Hay que desenmascarar al delincuente, hay que encontrar el delito para conocer la verdad. El periodista, que actúa como operador fundamental en este sentido, necesita encontrar el caso de corrupción que desate el escándalo. Podría elegir otros caminos, podría, por ejemplo, ocuparse de brindar nuevos elementos para leer la realidad y también podría informar. La confusión es un recurso esencial para construir el estado de corrupción. Todo debe ser sospechado. “Detrás de esta medida de gobierno debe haber algún negociado”, se le escuchará decir a cualquier vecino o compañero de trabajo. Sin pruebas, sin evidencias se refugian en lo que les dicta su sentido común, su práctica de haber digerido el discurso mediático.
Pero vayamos al tema que nos convoca: ¿Los Kirchner son corruptos? No lo sé. Alguna vez vi en los programas de Jorge Lanata (uno de los grandes responsables de la despolitización de la política. Alguna vez voy a publicar un artículo que ningún editor me quiso publicar por temor a enemistarse con Lanata, explicando por qué creo que es el paradigma del periodista posmoderno y, por qué considero que es un menemista en su forma de pensar y exponer la realidad aunque él se declare anti menemista), decía entonces que vi programas de Lanata donde se creaban sospechas sobre los Kirchner donde no se exponía una sola prueba. El razonamiento era: Lanata es confiable por lo tanto los políticos no lo son. Recuerdo muy bien que después de un programa donde se enunciaba las propiedades que los miembros del gabinete tenían en Puerto Madero fue Alberto Fernández al programa y le dijo que su patrimonio no tenía nada que ver con lo que ellos había expuesto y que él no tenía las propiedades que allí se mencionaban. Lanata se quedó callado y jamás se aclaró esa situación, lo que me lleva a pensar que se carecía de una sustentación para esas acusaciones.
Yo me defino como Kirchnerista, si yo supiera que los Kirchner son corruptos no sería complaciente. Odio la frase” roban pero hacen”, con la que muchas veces me han disparado en varias discusiones. Esa frase supone una resignación sobre la que no se puede construir una política nueva, inédita, inclusiva como la que yo sueño. Si los Kirchner llegaran a ser corruptos (una posibilidad que yo no niego ni afirmo porque entiendo que el poder en sí mismo tiene mecanismos corruptos y oscuros) yo no los voy a disculpar porque nos dieron la ley de radiodifusión (entre otras cosas) creo que cuando una persona delinque debe rendir cuentas como todo ser humano pero yo no podría reducir jamás el kirchnerismo a la corrupción y me niego a aceptar eso. El kirchnerismo es una experiencia política que mejoró la vida de millones de argentinos, que integró a jubilados, a desamparados, que nos hizo protagonistas de una nueva idea de justicia, que recuperó la política, el pensamiento y la acción entre muchas otras cosas. No estoy dispuesta a perder todo eso que no les pertenece a los K sino a todo el pueblo argentino por los errores de dos o tres nombres propios. Yo defiendo la realidad de una experiencia que nos hizo confiar en las posibilidades de nuestro país cuando creíamos que estábamos derrotados. Esa experiencia va más allá de las tierras en el Calafate. Insisto, no voy a disculpar ningún abuso de poder pero nosotros no tenemos que ser tan obtusos de negar todo lo que hemos avanzado por una cartera millonaria, debemos poner nuestras energías en apropiarnos de esta experiencia y profundizarla para que no se reduzca a las limitaciones de dos o tres nombres propios.

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