domingo, 31 de julio de 2011

La palabra de los muertos


Una versión de esta nota se publicó en la revista Debate en el mes de junio

Por Alejandra Varela

Desde las catacumbas de la cárcel de San Pablo llega una voz casi profética. El hombre es el sujeto social de los años noventa. Hundido en la miseria más absoluta se convierte en millonario gracias al delito pero siempre conservará su apariencia y su estigma de pobre. Entiende su época y abre el camino para una guerra.
Rubén Pires lee acertadamente en Hamlet una historia política .Un posicionamiento tan contundente borra todos los lugares comunes que han degradado al mito shakespeariano a una historia edipíca o al drama de un ser reconcentrado. Hamlet, acotado al nombre de H, es aquí un joven activo y cuestionador de su tiempo. La famosa duda que atravesaba el texto clásico nada tenía que ver con una actitud timorata o cobarde. La interpelación de Hamlet se sostenía en la duda cartesiana que cuestionaba el saber establecido para enaltecer la potencia del iluminismo. Los sujetos que sabían utilizar la herramienta de la razón podían transformar la realidad.
Hamlet es un texto revolucionario donde un hijo, que decide no cumplir el mandato paterno, establece una fisura gerenacional. En Hamlet, el señor de los cielos, se recupera ese estado de combate que en gran parte de las puestas del drama de Shakespeare se atenúa hasta volverse inexistente. La guerra, en la versión de Pires, estalla entre los jefes del narcotráfico mexicano en el momento en que el líder del Cartel de Juárez es asesinado mientras se realizaba una cirugía estética.
El teatro parece animarse a hablar de los años noventa. Mientras que en esa década despiadada la realidad parecía ser el mero resultado de una subjetividad, sólo interesada en los universos íntimos, hoy se asoma una dramaturgia que la expone desde la crudeza de ciertas intrigas, tan sanguinarias como el deseo de poder de esos reyes del Renacimiento Sorprende que pueda convertirse en una tragedia cuando la posmodernidad anunciaba la muerte de los grandes relatos.
Queda claro, en la mirada levemente distante que realiza Pires, que aquellos individuos capaces de ejecutar una acción social contundente estaban ligados al delito. También elude la trampa en la que han caído tantos directores de asimilar ese mundo del poder que presenta Shakespeare al obvio reflejo de un gobierno latinoamericano repitiendo el guión del consenso de Washington. El poder ha estado siempre en otra parte.
El juego de equivalencias que implica toda adaptación supone una opinión sobre el texto de referencia. El momento decisivo en el que H se enfrenta a la revelación de la verdad, trasmitida por el espectro de su padre, es la instancia donde el joven debe asumir el lugar que quiere ocupar en la historia. Allí descubre también que el rey destronado era tan cruel como Claudio (su tío que en esta versión porta el sugestivo nombre de Mauricio). Hamlet no quería repetir la historia que fueron trazando sus antepasados, ligada a un mundo construido sobre la venganza. Aquí H necesita desentenderse del peso de la herencia criminal de su familia y realizar una acción parricida por partida doble.
Otro acierto de la versión de Pires es haberle dado un rol estructurante a la figura del joven Fortinbrás, un personaje que en el drama shakespeariano aparece solo al final pero que guía la acción de Hamlet. Fortinbrás ha conseguido organizar un ejército insurrecto que se enfrenta al rey de Noruega. Aquí es un pequeño narcotraficante en ascenso pero se desdobla también en la figura de Marcos, el presidiario de San Pablo, gran inspirador ideológico de H.
Bajo la lente de un universo mucho más cercano para el espectador, los reparos que le impiden a H matar a su tío adquieren un valor más comprensible. Hamlet no puede organizar una estrategia política que involucre a su entorno porque todos responden a la lógica sanguinaria de su tío, él ha cavado por debajo de la tierra como un viejo topo y ha ocupado sus conciencias. H es un ser mucho más simple que Hamlet, sus contradicciones en esta puesta debieron ser derivadas hacia otros personajes. Pires apostó a que el público pudiera identificarse con el personaje de H, que aparece como uno de los pocos sujetos puros en ese entramado de brutalidad.

Hamlet, el señor de los cielos se presenta los sábados a las 21 y los domingos a las 20 en el Teatro La Mueca - Av. Córdoba 5300.

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