domingo, 7 de marzo de 2010

Batalla perpetua, conflicto constante


Cuando en el año 2006 tomé conocimiento de la polémica que había desatado la carta de lectores que Oscar del Barco envió a la revista “La Intemperie” de la ciudad de Córdoba, me sentí absolutamente atraída por la profundidad y originalidad de los argumentos de Del Barco y me puse rápidamente de su lado.

Sintetizar aquí los postulados de su carta y de su voluminoso libro sobre el “No Matarás” no sólo excede a este post sino que desviaría al texto de mi propósito. Lo menciono sencillamente para explicar que en ese “No Mataras” (que pretendía ser un modo sorprendentemente valiente, inesperado y arriesgado de pensar la militancia de los setenta de parte de uno de sus integrantes) yo vi un modo definitivo de asumir las consecuencias de una acción, un arrojo al momento de reconocer errores y entender que esa aceptación equivalía a una supresión de sí mismo y un modo de pensar ciertas ideas más allá de la relatividad de las coyunturas, que me subyugaron porque nunca pude sentirme cómoda en ese mundo de las responsabilidades diluidas, del “crepúsculo del deber” y de la relativización de todo acto, que expresaba el menemismo.

Pero una de las cosas más sorprendentes y bellas que tienen las lecturas es que nos atrapan en determinados momentos de nuestras vidas y que podemos pensarlas de maneras diferentes cuando nuestra realidad cambia y ponemos a prueba nuestras creencias .

El “no mataras” de Del Barco suponía un respeto y una sensibilidad hacía mi enemigo político que me inhibía frente a cualquier daño que pudiera realizarle. La muerte, pensada dentro de la lógica de los años setenta, era un camino extremo pero rápidamente accesible para el militante de izquierda que quería destruir a la oligarquía, a la derecha, al poder militar. La reflexión de Del Barco ( que aquí estoy minimizando) nos llevaba a ver a nuestro enemigo desde un lugar tan humanista, tan respetuoso de su integridad como sujeto, que yo debía superponer su humanidad por encima de cualquier contienda que pudiera llevar adelante, a tal punto que la noción misma de enemigo desaparecía. Este razonamiento se alejaba de la idea de política pensada como guerra, ya que, aunque se trate de una guerra simbólica, la lógica del asesino siempre está presente.

Cuando irrumpió el conflicto con el sector agropecuario supe que el pensamiento de Del Barco había sido desmoronado por la propia realidad.

“Una revolución es el acto mas violento que existe”, proclamaba Marx. En la Argentina del año 2008 no había tenido lugar ninguna revolución sino un hecho mínimo (aplicar retenciones a las exportaciones) que había despertado una reacción comparable a la implementación de la reforma agraria. Traduzco la frase de Marx: Cualquier cambio político, por minusválido que sea, es un acto violento o , al menos, un acto que es leído como violento por los medios, por los sectores que se verían afectados y que responden de un modo también violento.

Lo que más me hacia ruido en la exposición de Del Barco es que terminaba realzando la figura de la mansedumbre. El futuro estaba en manos de los hombres ( y supongo que mujeres aunque el machismo del filósofo cordobés merecería un post aparte) que no están dispuesto a pelearse con nadie porque toda pelea, todo conflicto puede derivar en la violencia. Del Barco construía una idea de sujeto imposible. Al menos plasma una idea de sujeto manso que yo no elijo ser porque la mansedumbre allana el camino a los predadores que quieren un mundo para pocos. La mansedumbre parece decirnos que como las revoluciones matan mejor seguir siendo un explotado como si los sistemas que no tienen resistencia no fueran cada vez más asesinos, como si quienes matan lo hicieran sólo porque hay otros que están dispuestos a matarlos y no por preservar su poder.

Vamos a bajar un poquito los decibeles porque tanto hablar de muerte puede llevar a algún distraído o apresurado a hacer alguna interpretación maliciosa, mucho más en estos días donde las susceptibilidades ya no se disimulan. Yo tampoco estoy de acuerdo con la violencia, ni con la represión, ni con tomar las armas para las causas más nobles. Yo también creo como Del Barco que cuando una idea política se militariza se reduce a la lucha armada y todas sus ideas y complejidades pasan a un segundo plano. También estoy convencida de que primero se mata al enemigo político y después al disidente que hizo la revolución con nosotros. Pero también creo, y este era el propósito de mi post, que el consenso es imposible. Al menos en la Argentina actual, sencillamente porque estamos atravesados por el odio.

La derecha antiperonista que pudo escribir “Viva el cáncer” odia desde esos días y ha enseñado el odio a sus descendientes. A Cristina Fernández se la odia. La enfermedad de Néstor Kirchner encendió de felicidad a sus enemigos. Prendemos la televisión, leemos el diario y allí hay odio. Yo no creo que nadie de la oposición se merezca la pasión del odio pero como kirchnerista no puedo ver a Elisa Carrió como a un sujeto que merece respeto, cuidado y consideración. La veo como a una persona que está cegada por el odio y la envidia. Veo a Julio Cobos asintiendo y aplaudiendo durante el discurso de Cristina Fernández en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso y me impresiona su cinismo. No me imagino un mundo donde podamos estar todos juntos en una actitud de acuerdo, de conciliación.

Es muy difícil darle la mano al que mancilló el cadáver de Eva o a la mujer que dijo “Los hijos de Ernestina de Noble son nuestros hijos”

El odio es irracional y es casi inimaginable suponer que puede ser atenuado alrededor de una mesa, usando buenos o malos términos porque, directamente, es imposible sentarse a hablar con alguien que envió cartas a las embajadas diciendo que vivíamos bajo un régimen de facto. Cuando se realizan esos actos y se los propagandiza y aplaude desde los medios se está realizando una acción casi idéntica a tomar un fusil. La respuesta jamás deberá ser violenta desde lo físico pero sí lo será desde lo simbólico, desde la contundencia de los triunfos o los fracasos, desde el lugar irreconciliable en el que ese sujeto queda en relación a la barrera que se animó a cruzar. Que la oposición desee el fracaso del país por un encono hacia el matrimonio Kirchner los ubica en un lugar donde el suelo se quiebra y nos observamos como seres que representan países, territorios, naciones, símbolos ,pasados que nos son ajenos.

Porque aquí entramos en otra versión de la consigna “Ni olvido ni perdón” yo no me puedo olvidar de quien es Gerardo Morales y no voy a perdonarle lo que está haciendo ahora. Las Madres y las Abuelas nos enseñaron por donde pasa la batalla y adhiero a sus métodos pero eso implica una nueva contienda: perseguirlos, recordar lo que pasó y buscar justicia. Carrió pedirá juicio político para la presidenta pero algún día muchos de nosotros vamos pedir que se enjuicie a Carrió, a Aguad, a Macri. Así se van a definir los conflictos en la Argentina, como nos denostaron Abel y Francisco Madariaga por estos días, restituyendo lo que nos sacaron, la identidad, la memoria, la historia el saber quienes somos.

Seré pesimista pero la solución al conflicto llegará cuando la balanza se estrelle con su metálico ruido hacia uno u otro lado . Algunos ganarán y otros perderán, algunos impondrán su proyecto de país a los otros, con fuerza, con contundencia, de un modo autoritario porque la derecha argentina no quiere un país para todos quiere un país donde pueda disfrutar de forma exclusiva y excluyente y permita que se derrame algún bienestar para los que no pertenecen a su clase. Porque nuestra supervivencia (la de los trabajadores, la de quienes vivimos del alquiler de nuestra fuerza de trabajo, sea intelectual o manual) depende del fracaso del proyecto de la derecha. No del acuerdo, de la conciliación, de la negociación con ella (hay que ser muy ciego para no aceptar que no quiere negociar sino imponer) sino de su fracaso.

Cristina Fernández lo entiende de ese modo por eso redobla una apuesta que le vale bastantes críticas.El problema es que el kirchnerismo no se tomó verdaderamente en serio esta idea (tal vez porque no es políticamente correcta) Para vencer a la derecha hay que crear un poder que sea más fuerte que el que ella posee. Queda claro, no estoy hablando de poder militar sino de haber trabajado en concientizar al pueblo en el proyecto que se estaba llevando a cabo, en haber puesto más energía e inteligencia para dar la batalla cultural que creará sujetos autónomos a los que no se les pueda vender una ideología que no responde ni a sus intereses ni a su felicidad.

Michel Hardt y Antonio Negri afirman en “Multitud”que “Una guerra dirigida a crear y mantener el orden social no tiene fin” Esto es lo que la derecha mundial viene haciendo desde los comienzos de la historia. Ellos nunca ceden, nunca descansan en su batalla cultural, económica, simbólica, material, existencial, se la toman en serio, no son mansos. Se trata entonces de entender que el bienestar del pueblo también es una batalla cuya preservación no termina nunca.

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