Comienzo esta historia por entregas sobre Faustina, la escritora.
Faustina quiere ser escritora, quiera vivir de lo que escribe. Lo intenta y
tiene algunos buenos resultados.
Faustina quiere todo su tiempo para sí. No piensa en tener hijos ni en vivir
con nadie. Puede enamorarse pero necesita pasar mucho tiempo sola, para leer,
para escribir, para pensar.
Mira The Big Bang Theory y piensa que le gustaría ser como esos jóvenes
científicos entrampados en su propio mundo y siempre risueños y extraños al
afuera. Sospecha que puede parecerse un poco a ellos pero que en otras cosas es
perfectamente normal. De hecho cuando conoce a alguien no se imaginan que es
escritora. Aunque no sabe exactamente porque ha tenido amigos frívolos que la
veían como una intelectual y ella se adaptó a medias. Ahora quisiera ser un
aparato total y vivir para los libros y no entender nada del mundo. Es extraño
porque toda su vida se negó a ser así. De hecho buscó muchas experiencias y las
encontró pero ahora sólo piensa en escribir y en conocer a gente que
escriba.
Ella es feliz cuando su editor le dice que lo que escribe está perfecto.
Todos los días brotan escritores de las piedras y ella es una minúscula parte de
algo enorme.
Ella tiene alumnos. Varias personas pagan por sus clases porque sabe bastante
y es muy buena enseñando. Se ha pasado años dando clases, es un oficio muy
propio, se brinda buena parte del recorrido personal que uno ha trazado con sus
libros.
A Faustina no le gusta que la interrumpan un feriado cuando está escribiendo.
Los feriados se han hecho para quedarse en casa, dormir hasta el mediodía y
escribir. Pero siempre hay algún amigo que no sabe que hacer con su tiempo.
Faustina prefiere no abrir. No siempre fue así. La soledad de la escritura no
fue algo fácil para ella. Cuando era más chica la detestaba y combatía pero
después entendió que el mundo puede ser poderosamente aburrido para alguien que
escribe. Especialmente si uno quiere tragárselo todo de golpe, si es angurrienta
como buena veinteañera. Llega un momento que agobia, que se ven las hilachas con
demasiada rapidez. Faustina corría el riesgo de ser demasiado inteligente o
demasiado tonta. Según la conveniencia y el gusto de quien la miraba. Según el
grado de bronca que sus opiniones o su aburrimiento generaran en los muchachotes
y muchachitas que conocía, en los grandulones y señoronas.
Faustina se hizo escritora a fuerza de enojarse bastante con las costumbres.
¿Tenía que ser una madre de veinte años? ¿Tenía que casarse? ¿Cuántas veces por
semana debía salir de noche? Faustina salía mucho y se empeñaba por ser normal
pero siempre era la chica rara.
Faustina se pasa la noche del feriado llorando. Hace mucha filosofía pero la
verdad es que está por indisponerse.
Faustina piensa que tendría que tener más dinero. No vive mal ni mucho menos
pero siente que es una chica que necesita más plata. Cuanta más plata mayor
independencia.
No le gustan las típicas conversaciones de mujeres. No es una chica a la que
le guste hablar de los demás. Ella siempre tiene ideas en la cabeza. Siempre
está en otro mundo porque le importa bastante poco si el novio de su amiga, o el
flaco de la esquina o si la invitaron o la llamaron. No le importa. Está de
paso. Salvo excepciones. Faustina identifica muy bien las excepciones, tiene un
filtro casi perfecto. Si no son excepciones son literatura.
Faustina vive en el centro y a veces no puede caminar de tanto grupo de
pendejos que no les importa nada y se mueven como si estuvieran solos. Faustina
ama el centro y todo lo que tiene que ver con ese mundo. Mucho bar, mucho
negocio, mucho ruido. Vuelve de hacer las compras a las ocho de la noche.
Siempre hay gente. Detesta al cieguito que se la pasa contando temas de Arjona
pero no viviría en un barrio por nada del mundo. No es una chica de barrio.
Pensándolo bien el centro es el mejor lugar de la ciudad para Faustina. Pasa
mucho tiempo sola. En un barrio estaría al borde de la locura.
domingo, 5 de mayo de 2013
domingo, 10 de marzo de 2013
Liderazgo, pedagogía y oratoria en Hugo Chávez
La muerte nunca dejó de ser un problema.
En esta parte de la historia contemporánea de la que nos toca ser testigos y protagonistas, la muerte se presenta como una reiteración inquietante. Dos líderes latinoamericanos murieron prematuramente y en la plenitud de su tarea, en un momento donde todavía tenían mucho por hacer y eran imprescindibles. La muerte de Hugo Chávez como la de Néstor Kirchner no sólo despiertan la pregunta por la continuidad del proceso político que crearon sino que permite entrar en el detalle de las particularidades que vinieron a instalar en el campo de lo político.
Chávez se presentó como un líder carismático en una época donde esa figura parecía haber entrado en desuso. Si bien a comienzos de este siglo el fracaso del neoliberalismo había demostrado lo infecunda que podía ser la imagen de un político creada por publicistas, la presencia de un líder también era sospechada. El líder no es una figura del individualismo, rasgo que se utiliza para desmerecer esta cualidad, sino que es alguien que contiene la potencia de los histórico y que habla de las posibilidades de los sujetos. El líder podrá ser un ser excepcional pero también recupera esa singularidad oculta en cada persona, lejos de masificar, estos líderes han interpelado a su ciudadanía , han despertado sus capacidades. Kirchner solía hablar de sujetos comunes con responsabilidades importantes y esa frase da cuenta de una idea de cercanía, de un contagio que puede reproducirse aún en el ser más desprotegido. El poder de la trasformación que genera innumerables sismos, mareas humanas, presencias que nadie puede detener.
Los liderazgos latinoamericanos se sostienen en la posibilidad de transformar la vida de la gente, de plasmar sus ideas en logros concretos.
El año pasado tuve la oportunidad de entrevistar a Alain Badiou para la revista Debate y me atreví a preguntarle si el líder, en vez de estar encasillado en la figura del Uno, como él buscaba ubicarlo, no podía ser la expresión de un múltiple y si el acontecimiento amoroso al que él hace referencia en su obra, no podía expresarse en ese amor al líder. Si bien Badiou se permitía reconocer que estas características tenían lugar, se negaba a ver a los gobiernos latinoamericanos como acontecimientos políticos, que en sus palabras, y dicho rápidamente, correspondería a sucesos que presentan algo del orden de la novedad, de la creación política. Para él se trataba de experiencia bastante parecidas a los gobiernos de Roosevelt o de Gaulle. Es decir, Latinoamérica no le estaba diciendo nada demasiado novedoso al mundo ni estaba aprendiendo de su historia para pensarse y parirse por fuera de los modelos imperialistas sino que estaba transitando por una etapa de la que Badiou ya conocía el final.
La pedagogía es otra característica de estos liderazgos. Los larguísimos” Aló Presidente” y las cadenas nacionales que tanto molestan a la oposición y que son presentadas como prueba contundente de autoritarismo, tienen como finalidad educar a la mayoría de la población en las transformaciones que se están viviendo. La remanida toma de conciencia es un ejercicio de desnaturalizar y correr la maleza. De evidenciar cuales eran los mecanismos que servían para sostener un orden de cosas y que es lo que buscan transformar a partir de cada una de las decisiones que se toman. Son esfuerzos de recuperación de la autoestima, actos que buscan construir fortalezas morales. Se presentan como épocas donde todo debe ser repensado.
La épica es otra característica, entendida como la posibilidad de tomar dimensión del valor histórico de las acciones que se llevan a cabo y del nivel de conflictividad que presentan, determinados por la presencia y el vigor con que dan la batalla sus enemigos. Porque estos enemigos se vuelven más visibles e intentan también sostener su identidad. Pero la épica le da un nuevo lugar al pueblo, lo obliga a tomar partido y le da espesura a ese líder. Son vidas individuales las que se sienten llamadas, las que se reclaman como imprescindibles para dar la batalla. Ya no se construye una historia excluyendo, generando en ese ciudadano de a pie la ingrata percepción de su inexistencia. A ese pueblo hay que hablarle a los ojos, hay que recorrer hasta el rincón más escondido y comprenderlo.
La presencia concreta y la puesta en escena, dato que la derecha suele usar para descalificar o destacar un carácter ficcional de los líderes latinoamericanos cuando hasta la más ingenua ceremonia social encierra una puesta en escena, señalan también esa voluntad inclusiva en el espacio político. La espectacularidad de un Chávez o de una Cristina Fernández habla de una política que no se propone sustentarse en un detrás de la escena sino que abre el gran escenario político a todas las contiendas que sus decisiones despierten y le pone el cuerpo a las batallas. Son cuerpos que se desgastan más y se vuelven más frágiles porque están mucho más humanizados, no son el resultado de un ceremonial o de un spot publicitario sino de una realidad cotidiana donde los autores del libreto son ellos mismos. De su capacidad para hablar, para expresar esas ideas que sostienen sus actos, dependerán también sus adhesiones y odios.
La oratoria de Chávez que lo vuelve distinto, una continuación de Fidel pero también el exponente de una política que se creía añeja y olvidada, es una demostración de su fortaleza. De la capacidad de plantarse con todo su pasado y con todo lo que hace día a día y demostrar que cada una de sus ideas y sus actos están en su cabeza y pueden acontecer en cualquier lugar y en cualquier momento gracias a la potencialidad de su voz.
La experiencia de escucharlos (a Chávez y a Cristina y a Lula y a Correas) es una experiencia transformadora y riesgosa porque allí están también sus contradicciones y la terrible posibilidad de equivocarse, la frase que funciona como un traspié y que será atrapada por la oposición para reducir tres horas de discurso a una palabra inadecuada. Pero esta mezquindad ocurre porque ellos saben que las palabras de estos políticos son acciones, que determinan tanto como cualquier decisión de gobierno porque ya no se trata de llenar el tiempo o cumplir con formalidades, de instaurar un discurso vacío donde todo suena aceptable pero se desliga lastimosamente de la realidad, sino de ponerse a prueba en cada palabra, de sostener, como creía Aristóteles que en la respiración está el alma.
En esta parte de la historia contemporánea de la que nos toca ser testigos y protagonistas, la muerte se presenta como una reiteración inquietante. Dos líderes latinoamericanos murieron prematuramente y en la plenitud de su tarea, en un momento donde todavía tenían mucho por hacer y eran imprescindibles. La muerte de Hugo Chávez como la de Néstor Kirchner no sólo despiertan la pregunta por la continuidad del proceso político que crearon sino que permite entrar en el detalle de las particularidades que vinieron a instalar en el campo de lo político.
Chávez se presentó como un líder carismático en una época donde esa figura parecía haber entrado en desuso. Si bien a comienzos de este siglo el fracaso del neoliberalismo había demostrado lo infecunda que podía ser la imagen de un político creada por publicistas, la presencia de un líder también era sospechada. El líder no es una figura del individualismo, rasgo que se utiliza para desmerecer esta cualidad, sino que es alguien que contiene la potencia de los histórico y que habla de las posibilidades de los sujetos. El líder podrá ser un ser excepcional pero también recupera esa singularidad oculta en cada persona, lejos de masificar, estos líderes han interpelado a su ciudadanía , han despertado sus capacidades. Kirchner solía hablar de sujetos comunes con responsabilidades importantes y esa frase da cuenta de una idea de cercanía, de un contagio que puede reproducirse aún en el ser más desprotegido. El poder de la trasformación que genera innumerables sismos, mareas humanas, presencias que nadie puede detener.
Los liderazgos latinoamericanos se sostienen en la posibilidad de transformar la vida de la gente, de plasmar sus ideas en logros concretos.
El año pasado tuve la oportunidad de entrevistar a Alain Badiou para la revista Debate y me atreví a preguntarle si el líder, en vez de estar encasillado en la figura del Uno, como él buscaba ubicarlo, no podía ser la expresión de un múltiple y si el acontecimiento amoroso al que él hace referencia en su obra, no podía expresarse en ese amor al líder. Si bien Badiou se permitía reconocer que estas características tenían lugar, se negaba a ver a los gobiernos latinoamericanos como acontecimientos políticos, que en sus palabras, y dicho rápidamente, correspondería a sucesos que presentan algo del orden de la novedad, de la creación política. Para él se trataba de experiencia bastante parecidas a los gobiernos de Roosevelt o de Gaulle. Es decir, Latinoamérica no le estaba diciendo nada demasiado novedoso al mundo ni estaba aprendiendo de su historia para pensarse y parirse por fuera de los modelos imperialistas sino que estaba transitando por una etapa de la que Badiou ya conocía el final.
La pedagogía es otra característica de estos liderazgos. Los larguísimos” Aló Presidente” y las cadenas nacionales que tanto molestan a la oposición y que son presentadas como prueba contundente de autoritarismo, tienen como finalidad educar a la mayoría de la población en las transformaciones que se están viviendo. La remanida toma de conciencia es un ejercicio de desnaturalizar y correr la maleza. De evidenciar cuales eran los mecanismos que servían para sostener un orden de cosas y que es lo que buscan transformar a partir de cada una de las decisiones que se toman. Son esfuerzos de recuperación de la autoestima, actos que buscan construir fortalezas morales. Se presentan como épocas donde todo debe ser repensado.
La épica es otra característica, entendida como la posibilidad de tomar dimensión del valor histórico de las acciones que se llevan a cabo y del nivel de conflictividad que presentan, determinados por la presencia y el vigor con que dan la batalla sus enemigos. Porque estos enemigos se vuelven más visibles e intentan también sostener su identidad. Pero la épica le da un nuevo lugar al pueblo, lo obliga a tomar partido y le da espesura a ese líder. Son vidas individuales las que se sienten llamadas, las que se reclaman como imprescindibles para dar la batalla. Ya no se construye una historia excluyendo, generando en ese ciudadano de a pie la ingrata percepción de su inexistencia. A ese pueblo hay que hablarle a los ojos, hay que recorrer hasta el rincón más escondido y comprenderlo.
La presencia concreta y la puesta en escena, dato que la derecha suele usar para descalificar o destacar un carácter ficcional de los líderes latinoamericanos cuando hasta la más ingenua ceremonia social encierra una puesta en escena, señalan también esa voluntad inclusiva en el espacio político. La espectacularidad de un Chávez o de una Cristina Fernández habla de una política que no se propone sustentarse en un detrás de la escena sino que abre el gran escenario político a todas las contiendas que sus decisiones despierten y le pone el cuerpo a las batallas. Son cuerpos que se desgastan más y se vuelven más frágiles porque están mucho más humanizados, no son el resultado de un ceremonial o de un spot publicitario sino de una realidad cotidiana donde los autores del libreto son ellos mismos. De su capacidad para hablar, para expresar esas ideas que sostienen sus actos, dependerán también sus adhesiones y odios.
La oratoria de Chávez que lo vuelve distinto, una continuación de Fidel pero también el exponente de una política que se creía añeja y olvidada, es una demostración de su fortaleza. De la capacidad de plantarse con todo su pasado y con todo lo que hace día a día y demostrar que cada una de sus ideas y sus actos están en su cabeza y pueden acontecer en cualquier lugar y en cualquier momento gracias a la potencialidad de su voz.
La experiencia de escucharlos (a Chávez y a Cristina y a Lula y a Correas) es una experiencia transformadora y riesgosa porque allí están también sus contradicciones y la terrible posibilidad de equivocarse, la frase que funciona como un traspié y que será atrapada por la oposición para reducir tres horas de discurso a una palabra inadecuada. Pero esta mezquindad ocurre porque ellos saben que las palabras de estos políticos son acciones, que determinan tanto como cualquier decisión de gobierno porque ya no se trata de llenar el tiempo o cumplir con formalidades, de instaurar un discurso vacío donde todo suena aceptable pero se desliga lastimosamente de la realidad, sino de ponerse a prueba en cada palabra, de sostener, como creía Aristóteles que en la respiración está el alma.
domingo, 12 de agosto de 2012
La política de la inacción
Existe una especie de ideología, que podría llamarse la política de la
inacción que se ocupa de despojar a la política de su carga de efectividad.
Dentro de esta línea política los funcionarios deben actuar como meros burócratas que no resuelven problemas ni producen mejoras en la sociedad sino que se encargan de contener situaciones conflictivas y educar a la población en la ideología de la imposibilidad. Los problemas por los que atraviesa una sociedad jamás pueden ser resueltos. Las demandas son utopías ridículas que dejan en un lugar desvalido al que se atreve a pronunciarlas.
Roberto Esposito habló de ciertas formas de democracias acéticas y silentes, sin valores ni sentidos, que él como intelectual de izquierda propagandizaba, con la fantasía de que la acción y el sentido sería otorgado por la acción de las masas. Un poder neutralizado y neutralizador es el ideal tanto del neoliberalismo como de la izquierda revolucionaria. El primero porque necesita despojar de toda idea de acción transformadora a la sociedad y la segunda porque cree que ese es el escenario propicio para la participación del pueblo.
Desde la llegada del kirchnerismo al poder esta formulación se vio derrotada o, al menos, herida de forma irreversible porque Néstor Kirchner demostró que se puede llegar a la presidencia de la nación para resolver problemas, para mejorar la vida de los ciudadanos y para visibilizar conflictos como una herramienta dinamizadora de la vida social donde los distintos sectores adquieren protagonismo y capacidad de presión. La sociedad entera crece bajo este tipo de ideología, tanto quienes se sienten identificados con ella como quienes la detestan.
Pero a partir del momento que la crisis internacional se hizo más profunda. Cuando la Europa próspera de hace unos años ya no es un ejemplo, cuando la Argentina no se muestra como un país que usa esa crisis como excusa para el ajuste, algunos exponentes de la política de la imposibilidad intentan volver a implementar su fórmula, básicamente porque si no lo consiguen no tienen chances de volver al poder. Para ganarle al kirchnerismo es indispensable destruirlo y para destruirlo deben propiciar las condiciones de una desilusión colectiva. Ellos saben muy bien que toda experiencia política que recupera la épica, el mito, la adhesión desde un lugar afectivo cuando fracasa genera un sentimiento de frustración y desánimo muy profundo. La derecha sólo puede ganar las elecciones creando una sociedad derrotada, replegada, que ya no está dispuesta a salir al ruedo.
Por supuesto que en un escenario acostumbrado a una política de causas y efectos su estrategia no deja de desconcertar. La pregunta que surge es qué provecho pueden sacar de pagar un aguinaldo fraccionado o no resolver un prolongado paro de subtes. La respuesta más simple, la que más se ha escuchado por estos días es la de trasladar el costo político al gobierno nacional. Yo no descarto totalmente esta alternativa pero me atrevo a disentir, a señalar que no es ese su principal objetivo.
Lo que yo creo es que personajes como Daniel Scioli y Mauricio Macri, como las caras visibles de una mecánica política que es mucho más que estos dos nombres, buscan generar un estado de frustración constante. Aunque parezca surrealista lo que voy a decir, para la lógica que sostiene a Macri es más efectiva la desolación, la angustia, la impotencia y la furia que genera la huelga del subte que la habilidad para resolver un conflicto. Porque ellos apuntan a una ciudadanía frustrada, encerrada en una situación que no sabe como resolver antes que a una idea social de sectores políticos activos que demandan y a los que es necesario complacer, aunque sea en parte, para resolver el conflicto. Porque para que una huelga de estas características llegue a su fin es necesario negociar y esto significa ceder. Este análisis no deja afuera la posibilidad de que la estrategia del macrismo funcione como un boomerang, fundamentalmente porque esta sociedad no es la misma que la de la década del noventa, tiene una capacidad de reacción mucho más efectiva y tiene conquistas a las que no va a renunciar.
Cuando Macri dice que desconoce a los metro delegados está reproduciendo la misma lógica que en los años del menemismo. En los noventa existía una conflictividad social que era ninguneada por el gobierno. La estrategia era dejar a esos sujetos que se manifestaban casi en una posición de ridículo, como piezas arqueológicas que no entendían por donde pasaba el nuevo mundo. Macri no puede llegar a tanto. Su camino es el de negar el conflicto. Sostener que esa política de concreción de acciones sociales es altamente conflictiva y que por una paz absolutamente impostada habría que sacrificar las resoluciones, las acciones concretas.
Otro ejemplo que funciona en el mismo sentido es el ocurrido hace unos meses cuando en una villa de emergencia le reclamaban al gobierno de la ciudad un micro para que los chicos pudieran asistir a la escuela. Una demanda tan sencilla de resolver para el estado fue rechazada aludiendo que después en otras villas iban a pedir lo mismo. Macri prefirió pagar el costo de un corte en la autopista antes que brindar un servicio de tan fácil resolución para una gestión de gobierno que podría otorgar muchos beneficios en relación a la educación de los niños y a la organización de la vida de una comunidad. Lo que para la gestión macrista sería un acto de beneficencia es en la lógica del trabajo social una inversión que pone en valor la subjetividad de las personas implicadas. Pero Macri no quiere darle entidad de sujeto a las personas demandantes, quiere borrarlas en su capacidad de intervención.
Opera en sintonía con el discurso mediático donde hace cuatro años que anuncian una crisis. La propagandización del miedo necesita ser acompañada de ese ajuste que algunos gobernadores intentan implementar. No se trata sólo de un problema de dinero sino de ver como se puede contener a una sociedad que desde hace nueve años es un factor decisivo en el avatar político argentino. Como en los noventa el objetivo es destruir al pueblo como un factor determinante, como un elemento de tensión al momento de implementar una política de estado.
Dentro de esta línea política los funcionarios deben actuar como meros burócratas que no resuelven problemas ni producen mejoras en la sociedad sino que se encargan de contener situaciones conflictivas y educar a la población en la ideología de la imposibilidad. Los problemas por los que atraviesa una sociedad jamás pueden ser resueltos. Las demandas son utopías ridículas que dejan en un lugar desvalido al que se atreve a pronunciarlas.
Roberto Esposito habló de ciertas formas de democracias acéticas y silentes, sin valores ni sentidos, que él como intelectual de izquierda propagandizaba, con la fantasía de que la acción y el sentido sería otorgado por la acción de las masas. Un poder neutralizado y neutralizador es el ideal tanto del neoliberalismo como de la izquierda revolucionaria. El primero porque necesita despojar de toda idea de acción transformadora a la sociedad y la segunda porque cree que ese es el escenario propicio para la participación del pueblo.
Desde la llegada del kirchnerismo al poder esta formulación se vio derrotada o, al menos, herida de forma irreversible porque Néstor Kirchner demostró que se puede llegar a la presidencia de la nación para resolver problemas, para mejorar la vida de los ciudadanos y para visibilizar conflictos como una herramienta dinamizadora de la vida social donde los distintos sectores adquieren protagonismo y capacidad de presión. La sociedad entera crece bajo este tipo de ideología, tanto quienes se sienten identificados con ella como quienes la detestan.
Pero a partir del momento que la crisis internacional se hizo más profunda. Cuando la Europa próspera de hace unos años ya no es un ejemplo, cuando la Argentina no se muestra como un país que usa esa crisis como excusa para el ajuste, algunos exponentes de la política de la imposibilidad intentan volver a implementar su fórmula, básicamente porque si no lo consiguen no tienen chances de volver al poder. Para ganarle al kirchnerismo es indispensable destruirlo y para destruirlo deben propiciar las condiciones de una desilusión colectiva. Ellos saben muy bien que toda experiencia política que recupera la épica, el mito, la adhesión desde un lugar afectivo cuando fracasa genera un sentimiento de frustración y desánimo muy profundo. La derecha sólo puede ganar las elecciones creando una sociedad derrotada, replegada, que ya no está dispuesta a salir al ruedo.
Por supuesto que en un escenario acostumbrado a una política de causas y efectos su estrategia no deja de desconcertar. La pregunta que surge es qué provecho pueden sacar de pagar un aguinaldo fraccionado o no resolver un prolongado paro de subtes. La respuesta más simple, la que más se ha escuchado por estos días es la de trasladar el costo político al gobierno nacional. Yo no descarto totalmente esta alternativa pero me atrevo a disentir, a señalar que no es ese su principal objetivo.
Lo que yo creo es que personajes como Daniel Scioli y Mauricio Macri, como las caras visibles de una mecánica política que es mucho más que estos dos nombres, buscan generar un estado de frustración constante. Aunque parezca surrealista lo que voy a decir, para la lógica que sostiene a Macri es más efectiva la desolación, la angustia, la impotencia y la furia que genera la huelga del subte que la habilidad para resolver un conflicto. Porque ellos apuntan a una ciudadanía frustrada, encerrada en una situación que no sabe como resolver antes que a una idea social de sectores políticos activos que demandan y a los que es necesario complacer, aunque sea en parte, para resolver el conflicto. Porque para que una huelga de estas características llegue a su fin es necesario negociar y esto significa ceder. Este análisis no deja afuera la posibilidad de que la estrategia del macrismo funcione como un boomerang, fundamentalmente porque esta sociedad no es la misma que la de la década del noventa, tiene una capacidad de reacción mucho más efectiva y tiene conquistas a las que no va a renunciar.
Cuando Macri dice que desconoce a los metro delegados está reproduciendo la misma lógica que en los años del menemismo. En los noventa existía una conflictividad social que era ninguneada por el gobierno. La estrategia era dejar a esos sujetos que se manifestaban casi en una posición de ridículo, como piezas arqueológicas que no entendían por donde pasaba el nuevo mundo. Macri no puede llegar a tanto. Su camino es el de negar el conflicto. Sostener que esa política de concreción de acciones sociales es altamente conflictiva y que por una paz absolutamente impostada habría que sacrificar las resoluciones, las acciones concretas.
Otro ejemplo que funciona en el mismo sentido es el ocurrido hace unos meses cuando en una villa de emergencia le reclamaban al gobierno de la ciudad un micro para que los chicos pudieran asistir a la escuela. Una demanda tan sencilla de resolver para el estado fue rechazada aludiendo que después en otras villas iban a pedir lo mismo. Macri prefirió pagar el costo de un corte en la autopista antes que brindar un servicio de tan fácil resolución para una gestión de gobierno que podría otorgar muchos beneficios en relación a la educación de los niños y a la organización de la vida de una comunidad. Lo que para la gestión macrista sería un acto de beneficencia es en la lógica del trabajo social una inversión que pone en valor la subjetividad de las personas implicadas. Pero Macri no quiere darle entidad de sujeto a las personas demandantes, quiere borrarlas en su capacidad de intervención.
Opera en sintonía con el discurso mediático donde hace cuatro años que anuncian una crisis. La propagandización del miedo necesita ser acompañada de ese ajuste que algunos gobernadores intentan implementar. No se trata sólo de un problema de dinero sino de ver como se puede contener a una sociedad que desde hace nueve años es un factor decisivo en el avatar político argentino. Como en los noventa el objetivo es destruir al pueblo como un factor determinante, como un elemento de tensión al momento de implementar una política de estado.
domingo, 15 de julio de 2012
La provincia de Buenos Aires como prueba piloto
Si las acciones de los sujetos políticos nunca deben pensarse como simple
manifestación de un estado de ánimo personal sino que corresponden a un
entramado de estrategias de las que ellos son la cara más visible, las sucesivas
acciones del gobernador de la provincia de Buenos Aires esconcen algo más que
los límites de una ineficaz gestión.A mi me interesaba la audacia de pensarlas desde un sentido positivo, entendido este como productivo, como generador de un sistema político, de una ideología que busca propagandizarse. Me atrevo, entonces a afirmar que la decisión de Daniel Scioli de pagar el aguinaldo en cuatro cuotas responde a una prueba piloto que un sector importante de la política quiere ensayar: la de volver a implementar el ajuste como un modo de señalar con un dedo a la presidenta y decir: por el despilfarro de los últimos años ahora debemos ajustar. No niego los problemas reales de la provincia en la que vivo, lo que quiero expresar es que esos problemas no se deben a una ineficacia en la administración sino a un resultado elegido, buscado.
Si el kirchnerismo educó a la sociedad en la buena administración de los recursos, en un modo pedagógico de instrumentar el dinero del estado para crecer en todas las áreas, si el gobierno se convirtió en un modo de construir soluciones y no repetir el latiguillo del no se puede, si el estado parece funcionar más como aliado que como generador de obstáculos, un importante sector de la derecha (por no decir toda) está harta de este mal acostumbramiento de la ciudadanía. Si ellos quieren volver al poder tienen que pensar de qué modo van a volver a instalar sus políticas de ajuste sin que la sociedad se rebele. Su prédica contra la crispación y el conflicto no sólo obedece a una mirada política que parte de la imposición silenciosa disfrazada de consenso, es también una estrategia para demonizar cualquier toma de partido que implique una consiente defensa de los propios derechos. Que las familias estén enfrentadas y varios amigos se hayan dejado de hablar por diferencias políticas es para ellos una escena reveladora del daño provocado por el kirchnerismo a la sociedad. Entonces habrá que volver a esas instancias donde la armonía se construía gracias al silencio cómplice, al modo elegante de eludir las verdaderas diferencias.
Que el sistema económico kirchnerista fracase es absolutamente necesario para que la derecha pueda existir. Scioli es el experimento, el mascarón de proa para intentar señalar un limite. El gobernador acepta el riesgo político porque su construcción no se basa en su eficiencia sino en su modo ambiguo de diluirse. Nunca tiene una opinión tajante, ni una decisión clara. Scioli es un gran misterio. No se sabe qué le pasa. Es un ser impávido que se sostiene en el maremágnum político argentino y que es dueño de un caudal de votos envidiable.
Pero la derecha, que es una gran generadora de conflictos, aunque intenta borrarlos. Ha decidido confrontar abiertamente con la presidenta a partir de una estrategia confusa. Es que la confusión es siempre su gran arma. Por eso no quiere ciudadanos discutidores y críticos porque cuando comenzamos a posicionarnos y aprendemos a defendernos son muchas las cosas que se salvan de la gran espesura de la confusión. La derecha entonces vuelve con Scioli a las viejas épocas donde una crisis internacional era la excusa perfecta para justificar un ajuste. No se puede pagar el aguinaldo, no hay plata, haya que reducir gastos. Lo intentaron como un modo de señalar que lo que había tocado fondo era la política nacional y Scioli funcionaba como un díscolo gobernador que lo ponía en evidencia. De ese modo buscan volver a establecer una situación de malestar. Una sociedad ofuscada porque tiene menos dinero en el bolsillo.
No es casual que este anuncia de Scioli viniera de la mano del paro convocado por Hugo Moyano. Existe una fuerte voluntad de generar un clima de convulsión social bajo la bandera del no conflicto.
Por esos días quede deslumbrada con el discurso de varios dirigentes de izquierda. En el programa de Gustavo Silvestre un coro conformado por Vilma Ripol y Cristian Castillo decía que muchos trabajadores prefieren trabajar menos horas para ganar menos y no tener que pagar impuestos a las ganancias. Pocas veces he visto una mayor encerrona argumental . Vivimos un tiempo histórico en el que una enfermara, un camionero un docente pueden llegar a un nivel salarial importante, a tal punto de tener que rendir su impuesto a las ganancias. Pero, justamente por esa razón los trabajadores prefieren ganar menos. Me encantaría conocer un sistema político en el que quede abolido el pago de impuestos, un país donde existan paritarias sin techo como exige Pitrola.
Todo forma parte de una misma ideología propiciadora del fracaso.
Es tan desesperado el afán de hacer fracasar al gobierno nacional que no les importa sacrificarse. En gran medida porque Scioli como futuro candidato de la derecha, no sería el hombre eficaz y estadista sino el restaurador de la paz de los cementerios. La figura visible que se ocupe de apaciguar todo aquello que los años de vehemencia kirchnerista pusieron en discusión.
domingo, 18 de marzo de 2012
domingo, 13 de noviembre de 2011
Más allá de la simulación

El simulacro parece ser una de las estrategias políticas a las que la oposición, y ciertos intelectuales antikirchneristas, se aferran con más persistencia.
Este mecanismo supone el develamiento de una impostura que sostiene y encuadra todas las acciones que llevan el nombre de kirchnerismo. Existe por lo tanto, un amplio sector social que estaría ciego frente a esta simulación o que, aún viéndola ,decide ser permisivo por cierto bienestar material.
Lo llamativo es que este recurso viene dando muy malos resultados y la insistencia ha llevado a la disolución de varios espacios y líderes políticos. Sorprende, por lo tanto, que importantes intelectuales que deberían cuidar su capital intelectual se empeñen en agrandar esta ilusión con la esperanza de que algún día alguien la crea.
Suponer que se puede erosionar un proceso político de alto grado de fervor y participación popular con el argumento de que todo se trata de una simulación, una impostura, que la presidenta finge dolor, que a nadie le importan los derechos humanos y el pueblo, que todo se reduce a un grupo de periodistas pagos y a planes sociales, suena ingenuo y poco político. Se trata de una estrategia que sigue pegada a la lógica de los años noventa. En primer lugar intenta recuperar un espíritu de despolitización al querer instalar la idea de que todo aquello que surge desde un ideario político debe ser falso y que se vuelve más falso cuanto más efectivo es. Si le sirve para ganar elecciones quiere decir que se trata de un mero instrumento político, no de un sentimiento o de un proyecto de estado.
Pero hay algo más. Lo que algunos intelectuales hacen es convertir su rechazo, su aberración frente al kirchnerismo en una totalización que debería fundar una ideología. Esto es muy noventoso. En los noventa se vivió el apogeo de cierta estética del yo que convertía la percepción de un individuo en la fundamentación de cualquier idea que surgiera de esa percepción. Gracias a este mecanismo que legalizó la crónica (como detalle valdría recordar que uno de los intelectuales que hace uso y abuso de este método es un destacado cronista) se podía hablar aún desde la ignorancia más extrema porque ya no importaba la argumentación, los datos duros, la confrontación de las ideas de ese sujeto con la realidad sino que el mero estado de ánimo de quien hablaba era suficiente para sostener un discurso que se validaba en sus propias leyes.
En los noventa había un alto nivel de permisividad frente a estos discursos porque la realidad era muy débil. Incidía poco en las lógicas de verdad o falsedad. Todo podía ser relativizado al extremo pero desde que se instaló una fuerte recuperación de la política los discursos siempre entran en tensión con un afuera que los pone en crisis o los actualiza, le da legitimidad o los desvirtúa. Las construcciones simbólicas,discursivas deben pelear en ese territorio donde se ponen a prueba.
El ejemplo más extremo se observa en los trabajos de campo que realiza Beatriz Sarlo. Ella va a los espacios donde están ocurriendo los hechos pero es en ese momento donde ella realiza el acto de impostura que señala en los demás porque si no fuera sería exactamente lo mismo. Es una persona que no puede salirse de su estado de negación y rechazo, por lo tanto la realidad no es una materia de análisis para ella sino un campo de negación para filtrar su teoría y tratar de enmarcarla a la fuerza.
No sólo se trata de una actitud fuertemente elitista donde un sector estaría diciendo: lo que a mi me pasa tiene que ser la realidad. Sino que expresa una forma política que se aleja de cualquier idea de construcción, fundamentalmente porque no tiene a lo real como el escenario de su acción sino que piensa el discurso intelectual como un arma que trastoca permanentemente lo real, que cierra el camino a la acción, encuadrándola siempre bajo el disfraz de la impostura. Si se siguiera su discurso hasta el final lo que encontraríamos es un glorificación de la no acción. Su enemigo son los sujetos que construyen historia. Para ellos la historia ya se ha terminado y hacer implica mentir.
Cuando uno escucha a Marcos Novaro decir que este gobierno concentra más poder que una dictadura la pregunta que se instala, casi automáticamente es ¿por qué lo dice? ¿qué finalidad encierra esta afirmación? Podríamos suponer que busca convencer a la ciudadanía de que estamos viviendo en una dictadura y de ese modo desmoronar al kirchnerismo. Es bastante absurda como estrategia política. Niega por un lado la participación popular como un factor que no puede desarticularse con frases destempladas dichas en un canal de televisión. Suponer que el nivel de militancia, identificación y afecto que genera el gobierno nacional puede entrar en crisis señalando que el pueblo es engañado por una dictadura ,supone un fuerte desconocimiento de lo que implica la política en el campo de la acción popular. En todo caso su derrumbe vendrá por la desilusión que el mismo gobierno genere, como ocurrió en las felices pascuas alfonsinista. Frente a una sociedad politizada e involucrada ese tipo de proclamas no alcanzan para debilitar un proyecto político. Es el recurso de la impotencia, del que no sabe qué hacer ni que decir y entonces se defiende señalando que todo es mentira.
Pero el dato que no debemos olvidar es que ese recurso sirvió durante mucho tiempo y la batalla cultural que se sostiene desde hace varios años buscó quitarle efectividad a esa manera cómoda de resolver la disputa política. La falta de conflicto que ellos añoran se sostiene el el reinado del desencanto y el abatimiento. Cuando no se cree en nada es fácil no confrontar.
También es un modo de no aceptar la derrota. Al decir que todo es falso se construye la posibilidad de ganar en un futuro, cuando se revele la mentira.
domingo, 7 de agosto de 2011
Cuando la literatura es la culpable de todo
Por Alejandra Varela
Una versión de esta nota se publicó en la revista Debate en el mes de junio de este año
Hay algo que no se puede decir. Una vida mundana se derrama en el ímpetu adolescente pero es inútil cuando de hablar se trata. La inteligencia se convierte en un instrumento que se esculpe y en un refugio. Por momentos una jovencísima Susan Sontag parece soñar una existencia sin sexo, donde la soledad respire el éxtasis de la literatura. Pero esa simpleza no alcanza para resolver un deseo temprano hacia las muchachas y un sueño de bisexualidad como la máxima expresión de plenitud.
Los temores de una adolescente precoz están signados por el destino de la monotonía académica. Sontag se zambulle en la noche gay de San Francisco donde encuentra su verdadero nacimiento pero también se imagina una vida de errancia frenética que tiene el tono de la desdicha.
El diario que la brillante novelista y ensayista norteamericana escribió hasta sus treinta años no es más que esa herida donde Sontag se abre para que el lector ejerza sobre ella la crítica despiadada que tan filosamente estampó en sus libros. Los mundos por los que ella transita son altamente conflictivos. El amor entre mujeres es una braza que rápidamente se transforma en una barra de hielo. Leer Renacida es sufrir ese desamor permanente, esa indiferencia cotidiana, esa ajenidad que le devuelve el ser amado.
La joven aspirante a escritora visita la casa de Thomas Mann y registra en su diario frases telegráficas, son momentos donde Sontag parece buscar una escritura alejada de toda subjetividad, casi despersonalizada, pero su furia hacia ese padre de familia atildado que hace de su homosexualidad un recurso literario, se manifiesta en una cita de Bacon: “Todo de lo que se apodera la mente y en lo que se concentra con singular satisfacción debe ser tenido por sospechoso.”
Ella no va a permitir que su mente domine su cuerpo Quiere asumirse como un ser sensual. Pero también sabe que es en la soledad donde será bella, única, donde adquiere el verdadero dominio de su vida. Y en un giro imprevisto la chica de dieciocho años se casa con un profesor de Chicago, aunque sospecha que todo se debe a su instinto de autodestrucción.
Junto a Philip Rieff empiezan los sueños intensos, la migraña y el diario se vuelve famélico. Sólo cuando está dispuesta a teorizar sobre esa insatisfacción, sobre ese estado repetitivo, disciplinado del matrimonio, las hojas se tornan más abultadas. Ese rencor que estalla en las peleas queda impregnado para siempre en el mundo conyugal de Sontag, se trate de hombres o de mujeres. Hay un ultraje en el amor que no tiene remedio y que sólo llega a su fin el día en que ella se decide a asumir el abandono.
El dolor se trasluce en Sontag en la enumeración de acciones cotidianas, en un listado de rutinas en las que no se involucra. Una descripción objetiva, despojada de sentimientos. Empieza a imaginar que el verdadero carácter es aquel que logra endurecerse, que abandona la indulgencia hacia los demás, que no teme herir si saldrá entero de la batalla.
La dulce ambición de tener una voz, de encontrar el propio estilo, se desarma ante la tentación de una vida de a dos, ese gran engaño al que no deja de someterse.
En las hojas de su diario aparece dibujado con precisión el retrato de su mimesis con el Albatros que profetizaba Baudelaire. Páginas manchadas de sangre ante cada herida que le provoca su amada Harriet. Por ella se convirtió en Nora y dejó a su esposo y a su hijo. Entonces se rompen los límites de la palabra y lo que Sontag ensaya es la construcción de otra mujer que puede hundirse en amores no correspondidos, estirar su agónica existencia hasta el límite de lo insoportable y salir de ese naufragio dispuesta a dejar de una vez por todas esa pereza que la aparta de su trabajo de escritora.
La literatura es la única arma que le permite encarar esa guerra y, a su vez, justifica su lesbianismo. Es que la joven Sontag vive con demasiada inquietud su condición de marica (como ella misma se define) que la ubica en una zona de debilidad frente al mundo. Sólo le queda ocultarse y en ese escondite la escritura es la opción para salir a la luz, para volverse aceptada.
Problematiza cada vez más su lugar social en relación a la palabra. Se autoexige hablar menos, guardarse esa dedicación por parecer interesante para la intimidad del papel. Pero la mirada del otro le importa demasiado. Ensaya todo un proceso de autocrítica en relación a los vínculos que intenta velar, transformar en sentencias. Esa imposición de la popularidad, que Sontag observa tan propia de la cultura norteamericana, es una manera de cosificarse, de fundirse en la normalidad para vencer el terror que le despiertan los otros.
La literatura la ha enfermado, la literatura es la culpable de todo.
Renacida - Diarios tempranos, 1947 - 1964 -
Susan Sontag
Editados por David Rieff
Mondandori
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