domingo, 30 de marzo de 2014

Las mujeres de los anillos

Ya había notado una situación extraña cuando una mujer levantó un anillo del suelo que parecía brotar del asfalto parisino pero recién llegaba y había tantas cosas para mirar y ocuparse que el dato pasó, tal vez asimilado en la lista de las costumbres.
             Una mañana bordeaba las calles cercanas al Arco de Triunfo para ir al Gran Palace cuando la situación se repitió. Una chica levantó del suelo un anillo similar a esos que se hunden en las tortas de casamiento y que le predestinan a la ganadora su próxima boda. La chica me preguntó si era mío, le dije que no y seguí caminando. La chica se las ingeniaba para acompañar mi paso, indicarme que a ella no le entraba porque tenía la mano muy gorda y me lo regalaba “pour la chance” Yo le agradecí y seguí de largo . La piba se estaba poniendo pesada cuando decidí recurrir a mi método infalible de salir corriendo y poner cara de desesperada, de persona dispuesta a dar unos buenos gritos y pedir ayuda pero llegué a escuchar a la chica que me suplicaba un poco de plata para comprarse u sándwich.
              A la tarde, cuando contrataba una excursión para ir a Versailles, una alemana devenida en francesa me dijo en español :”Cuidado con la bolsa, acá en París, porque tenemos muchas gitanas” La palabra me causó gracia porque me di cuenta que lo que la rubia agente de turismo quería señalar era la presencia de mujeres engañosas, que habían montado su pequeña puesta en escena callejera para hacerse de algunos euros.
               El glamour de París se interrumpía con estos pasajes bizarros (escuché a muchos chicos repitiendo esa palabra por las calles) , con estos desclasados porque estoy visitando una Europa en crisis. Aunque en el París turístico cueste acordarse.
               En el Petit y Grand Palais y en el Museo de Arte Moderno visité las colecciones permanentes.
                 Me gustaba estar entre los estudiantes de arte que hacían sus dibujos. Son Museos un poco más tranquilos donde volví a enamorarme de Giorgio De Chirico. De alguna manera miraba con más atención, seguramente por el modo en que los cuadros eran exhibidos y presentados.
                 En una sala casi a oscuras en el Museo de Arte Moderno se proyectaban palabras, frases que se leían y desaparecían acompañadas de un pequeño dibujo que parecía de historieta y cada tanto ventanas enormes con jardines. París ama esa luz que viene del verde y las flores.
                 Durante el almuerzo pensaba que mi teoría de los parisinos como personajes arrogantes entraba en contradicción con la simpatía, cierta calidez, una esmerada voluntad por resolver e involucrarse que también aparecía en mis fugaces encuentros con la gente y entonces pude ser más precisa, aunque la contradicción es un dato que convive con cualquier definición. Toda caracterización de un sujeto contiene su contrario. Los parisinos y parisinas están orgullosos de serlo, se trata de eso y muchas veces el orgullo suele malamente confundirse con la soberbia. Ellos hicieron la revolución más importante para el mundo occidental, ellos resistieron al nazismo y pudieron sobrevivir, también hicieron un montón de cosas monstruosas porque me acuerdo muy bien como en su biografía Simone de Beauvoir declaraba sentirse avergonzada de ser francesa, especialmente en los años de la guerra con Argelia,  pero está claro que ellos saben muy bien como procesar su pasado y como sobrellevar sus vergüenzas, o al menos transformarlas en otra cosa.
              Hay un momento en que París se deja ganar por la globalización y se parece a cualquier ciudad en el tumulto de la tarde. Cerca de la zona de las tiendas Lafayette creo estar en Buenos Aires. Antes había caminado por los muelles del Sena y adoraba esa cercanía con el río. Será barroso y marrón, pero esos puentes y muelles lo vuelven majestuoso. Tal vez París encuentre su magia en la manera de presentar, de mostrar cada una de sus cosas, de su tesoro, de su patrimonio.
              La gente corría en jogginetas o ensayaba pequeños picnic, también había algunos jóvenes en bici que parecían una ráfaga entre cierto silencio o modorra del río porque a decir verdad entre los bateaux mouches y los demás barcos para turistas no es una zona tranquila.
              Yo ya planeaba mi travesía en barco pero primero quería recorrerlo a pie.
               Los barrios ópera y Grands Boulevards se pierden entre negocios y tiendas de chocolates. Ahí también demuestran su arte para atraer. No tenía hambre pero como no entrar a esos lugares que hacen de la producción de chocolate piezas de artesanías y cómo no comprar alguno entre el frío y la brutal sensación de que París es una ciudad para recorrerla comiendo alguna que otra cosa (algo que nunca pude hacer)
               Atravieso Les Champs Élysées casi de noche, entre la manada de personas que vuelven de sus trabajos. Ya puedo ver el foco de la Torre Eiffel iluminada. Elijo un bar más moderno frente al Arco de Triunfo, donde se escucha música de moda pero nada se deja ganar del todo por la contemporaneidad, como si París siempre guardara cierta elegancia del pasado.
A veces los mozos tardan en atenderte porque están apabullados por la cantidad de pedidos. Además de turistas parece haber muchos ejecutivos, oficinistas que todavía cargan papeles de trabajo. En la tienda todas las cosas son hermosas y carísimas. Amo un bolso que sale casi tanto como la plata que llevé para todo el viaje.
             Me divierte no saber muy bien ni la hora ni el día de la semana y preguntarme si realmente sé mirar, sé conocer la ciudad o termino atrapada en la velocidad como en La Plata o Buenos Aires.
              Antes me había detenido en un negocio lleno de joyas. En Tiffani, en Versace y en tantos otros. Piezas divinas, trabajadas al detalle, asombrosas como en un cuento. Había un reloj que de tantos brillantes no permitía ver la hora. Enceguecía la vista

domingo, 23 de marzo de 2014

Diario de viaje: París febrero - marzo 2014

En Ezeiza una española quiere sacarse una foto conmigo. Le sorprende ver a una argentina rubia y le gusta la leyenda de mi bolso de mano “
Como quieres que te quiera”. Para ella y su novio el viaje termina. La chica baila en la cola que nos lleva al embarque en el vuelo hacia Madrid. Yo comienzo. Aunque la aventura de llegar a Europa tuvo un capítulo previo: la búsqueda perversa de dólares o euros, todas las mentiras sobre la compra legal y las oscuras artimañas a la luz del día del mercado negro, tan negro que debería llamar la atención cerca de los bancos y casas de cambio donde se dan datos silenciosos sobre oficinas y negocios donde la venta tiene un alto precio. Pero no quiero pensar en eso ahora sino cansarme y fastidiarme un poco entre migraciones y esperas, y las puertas y los pasillos y toda esa gente que tiene tanta experiencia en viajes y yo tan provinciana que tengo que preguntar ochenta veces para llegar a destino.
Entro al avión, al viaje que me ha pagado el Ministerio de Cultura de la ciudad de Buenos Aires y paso doce horas un tanto inquieta, permitiéndome ser una ameba que duerme, come y lee el libro de Roland Barthes, “Fragmentos de un discurso amoroso” (estaba leyendo en La Plata la biografía de Evita pero me parecía demasiado obvio ir con un libro sobre Eva Perón a París). Descubro que esta empresa española llamada Air Europa nos cobra tres euros los auriculares para poder escuchar música y ver películas, nos dan poca comida y tienen muchas ganas que le compremos sus vinos en el minibar. Recuero que me gustaba más el avión de Cubana conde nos daban mejor comida y los baños eran enormes. Igualmente me entretengo con mi música y mi libro. Me resulta gracioso cenar a las ocho y desayunar a las once de la noche, porque en realidad, en el aire europeo son las tres de la mañana y llegaremos a Madrid a las cinco, entonces nos dan un desayuno para que enfrentemos con fuerza lo que se viene. En mi caso una escala a Paris y un aeropuerto de Barajas que voy a detestar toda la vida.
En migraciones nos separan entre europeos, norteamericanos y chinos y el resto del mundo, una fila que va visiblemente más lenta que la otra, la de los ciudadanos a los que no se les hace muchas preguntas. Mientras embarcaba en Buenos Aires había escuchado a una mujer comentar que París también había copiado esta costumbre. En Francia me resultaron bastante más ambles. Cuando estaba por llegar mi turno me di cuenta que había dejado el pasaje de vuelta y la reserva del hotel en el bolsillo de mi valija. Igualmente el gordito de Migraciones me selló después de actuar un reto que no se creía ni él.
Todavía no hacían girar las valijas de nuestro vuelo y a mi me faltaban cincuenta minutos para tomar mi avión a Paris, sin tarjeta de embarque. Algunos españoles conmovidos me ayudaron a guiarme en los pasillos de un aeropuerto vacío donde nunca llegaba a la vendita ventanilla para despachar el equipaje. Llegué con el último llamado después de haber dejado el champú, la crema y el perfume queme había comprado en la Argentina. Iba a París sin perfume, sin mis pequeños recursos para parecer elegante en esa ciudad de la moda y el glamour. Tenía bronca pero la rabia no me impidió dormir durante las dos horas de viaje y despertarme somnolienta en una ciudad lluviosa, bajar del avión con alguna emoción y empezar a pensar como llegar hasta el hotel.
No fue difícil porque en la puerta paraban unos micros que solo viajaban con pasajeros sentados y uno de ellos tenía como última parada Les champs Élysées. Frente a un grupo de franceses un tanto indolentes yo descubría la ciudad. Monparnase, las callecitas abiertas, la encontré fascinante con su arquitectura perfecta, la torre Eiffel que se mostraba esquiva, todo me gustaba. Me gustaba esa manera clásica, elegante de unir lo moderno con el pasado y esa personalidad tan marcada que tiene Paris, en sus edificios, en su manera contundente de ser ciudad de sostener un estilo entre los carteles que pasan publicidades como películas.
Me bajo junto al arco de triunfo y pregunto por la calle de mi hotel que queda a dos cuadras. Estoy cansada, arrastro la valija pero no puedo dejar de mirar. Ese será mi barrio por un tiempo que me resulta único. Es raro como un viaje, una ciudad puede absorberte tanto que te lleva a olvidar tu vida en La Plata y Buenos Aires, tus ocupaciones. Yo estaba allí como si siempre hubiera estado.
Mi francés funcionaba a medias y con la chica del hotel decidimos hablar en castellano. Hasta las dos de la tarde no podía entrar a mi habitación pero si podía dejar las valijas y empezar a recorrer. En zapatillas, sin bañarme, despeinada y con la ropa de un día entero de viajes me puse a conocer la Avenue de les Champs Élysées. Recoleto lugar conde los negocios de Cartier y Louis Vuitton ocupan un edificio. Paris también es esto, sus casas de moda, sus joyas y sus mendigos, como el que encontré en las esquina de mi hotel instaladísimo con su colchón. Había varios en la avenida de los Champs Élysées y supongo que debe ser un dato nuevo para ese París de la opulencia que desfilaba entre montones de turistas.
Por su puesto que adoro el arco de triunfo porque cada mañana, cuando salía del hotel parecía que me recibía, abierto entre la lluviecita leve y yo sentía que era la señal de un pequeño triunfo. ¿Cómo los franceses no van a ser arrogantes si tienen a cada paso monumentos que los convencen de su grandeza?
En esa avenida había de todo. Mujeres elegantes y oficinistas que se sentaban a comer sus baguettes en los bancos porque seguramente no podían pagarse en almuerzo en los bonitos bares de la avenue. Los cafés franceses son los mejores. Allí pase mucho tiempo, eran mi gabinete de observación, mi trinchera.
Entro al café de la Belleville. Los mozos visten de marineros y el lugar es azul. Elijo una de las mesas ubicada en esa especie de galería de vidrio y techitos firuleteados que arman los parisinos para poder comer en la calle en invierno. Me gusta como ponen las sillas y las mesas una al lado de la otra en fila, como la gente está muy junta sin mezclarse en la privacidad de cada mesa, me gustan esa sillitas coloredas tejidas de una especie de mimbre que al tocarlo parece plastificado. Me siento tratada como una reina. El mozo francés es un personaje en sí mismo, una profesión que no está degradada y desvalorizada como en la argentina sino que tiene su impronta. Los bares franceses están entre los más bellos del mundo y tienen que tener para atenderlos a hombres y mujeres que reflejen claramente el ser francés. Y allí están ellos manejando la situación. Te dicen donde te tenés que sentar( situación que me llevó algunas veces a irme del lugar) es que los franceses tienen una personalidad arrolladora, una manera de desplazarse que los vuelve reconocibles entre la infinita cantidad de no franceses, de no parisinos, en realidad, porque estoy hablando de París. De sus mozos ceremoniosos y estridentes, que te tratan como en la corte pero sin ser cortesanos, que no son una figura invisible y servil sino los dueños de ese territorio, que te hablan en inglés o en castellano cuando reconocen un acento que no es propio y que te entregan el tiquete de la cuenta en el mismo momento que te sirven la comida y te desean “bon apetit”.
Este marinero me trajo un plato tipo fuente. En el centro había una ensalada de tomate, lechuga y demás verduras y en los costados cuatro sandwich cortados en triángulos dobles que tenían pollo, huevo y un montón de verduras y queso. La abundancia francesa a la hora de servir la comida es una señal de que ellos no se andan con chiquitas. Yo comía y miraba esa avenida coqueta donde desfilaban africanos, asiáticos, muchas mujeres islámicas, árabes, turistas, no turistas, franceses del interior, europeos, latinoamericanos y las mujeres francesas tan seguras de si mismas, veinteañeras despectivas como en las películas de los años sesenta. Una ciudad donde todos somos un poco extranjeros y tal vez por esa razón parece fácil habitarla.
Vuelvo al hotel. La habitación me gusta enseguida. Si bien la ventana me deja un poco encerrada entre los restos de una construcción que parece abandonada o suspendida, el lugar tiene dos armarios, una cama enorme, un escritorio, una heladerita con bebidas, una cafetera, vasos, tasas y un baño con ducha para refutar el mito de los franceses roñosos. Cuelgo la ropa porque soy una chica ordenada, me visto del modo en que me gusta caminar por País y voy hasta el arco de triunfo, a subirme a uno de esos micros rojos con terraza, una excursión para conocer la ciudad que paran justo allí.
No pensaba conocer París de esta manera pero estoy cansada y me parece que me va a permitir orientarme en una ciudad que es bastante laberíntica. Lo bueno era que por veintisiete euros yo podía usar ese micro durante dos días seguidos y tómamelo donde lo encontrara.
Recorremos la Plaza de la Concordia y ya me empiezan a poner nerviosa un grupo de turistas  colombianos que no paran de hablar. Una chica japonesa no puede cerrar el paraguas. Yo la ayudo enseguida y me sorprendo por mi repentina facilidad con los objetos, la chica se asombra porque hacía rato que peleaba con el paraguas y me dice gracias en inglés. Me acuerdo que en Rayuela decían que traía buena suerte tirar un paraguas roto en el Sena.
Me encanta el Sena y la torre Eiffel. Antes de llegar a París me parecía una tontería ir a ver esa torre de hierro pero cuando la tuve cerquita y pude ver el trabajo en detalle, ese bordado minucioso me di cuenta que era un símbolo muy claro del espíritu francés. La paciencia en el detalle y la extrema fortaleza, la monumentalidad para mostrar quienes son y todo lo que pueden ser.
Llegamos a Notre Dame y allí me perdí. Me di cuenta que el micro se había ido y yo entre las ferias y los bares que mostraban su pastelería para la tarde. Encontré uno que parecía el más antiguo, el que expresaba más dulcemente esa tristeza de Notre Dame.
Allí me hice devota de los croissant. Había muchos jóvenes que hablaban de sus cosas y unas turistas norteamericanas que se reían. La gente le daba colorido a los tonos marrones, a los espejos viejos. Me gustaba estar entre esa rareza, entre los tonos festivos de los turistas. El mozo era un hombre extrovertido, alegre y ceremonioso que atendía sen dejar de ordenar las  mesas que estaban vacías. Por esa zona tenían la costumbre de hablar desde lejos, como vociferando, sería una manera de mostrar su dominio del lugar y el trazado que hacía de ese territorio.
Es muy inquietante ver en París como la cotidianidad se mezcla con el mundo siempre novedoso del turismo, como se puede estar en dos tiempos o en millones de tiempos. Como la actualidad habita el pasado permanentemente, como lo histórico fascina al turista como si se tratara de un espectáculo. El dolor de Notre Dame hecho fiesta en las cámaras de fotos.
Cumplo con mi promesa de recorrer Paris por puro instinto y me dejo llevar por cada sitio donde me parece que ocurre algo que me convoca. Mi primera impresión de Paris fue la de encontrarme con una ciudad que siempre me estaba proponiendo algo, que no me permitía parar a descansar. Sin saberlo llegué a Saint Germain des Pres, un barrio que me enamoró. Los pasajes que me había alertado Dardo Scavino, las chicas cargadas de baguettes, los bares llenos de jóvenes como si fuera un sábado a la madrugada. En París todos parecían lanzarse a la ciudad, había como un arte de vivir que se mostraba en la manera de presentar las vidrieras, de ver a la gente haciendo cola en teatritos desconocidos. Los franceses parecen sumarse a la búsqueda de los turistas por encontrar novedad, fascinación, entretenimiento en todas partes. A las ocho de la noche filas de solitarios compran comida en los mc donals o en las panaderías.
Caminando encuentro el Café de la flore, me cruzo con él como pasa con los hechos del destino y entiendo por qué me sentía tan bien en el boulevard Saint Germain, estoy en el barrio de los existencialistas. Me doy cuenta que hay un montón de jóvenes, de chicas solas ocupando mesas y me animo a sentarme aunque ya sea de noche. No puedo postergar las cosas, estoy de viaje y toda mi vida quise conocer ese lugar donde Simone de Beauvoir pasaba sus horas. En París la soledad no llama la atención. Nadie te molesta ni te mira con maledicencia. Hay muchas chicas que llegan solas y saludan a los mozos y parecen estudiantes de la Sorbona, artistas. Hay mucha gente, muchas voces aunque es martes. La gente sale mucho en Paris. Es de noche y pienso en los modos en los que el pasado puede hacerse moderno.
Cuando salgo el Boulevard Saint Germain esta desierto. Para volver al hotel tengo que cruzar el Sena y entonces recurro a uno de esos taxis negros con luz verde, que casi siempre están conducidos por un africano y veo la torre Eiffel iluminada y pienso que en París  la noche en  es estridente.

domingo, 5 de mayo de 2013

1. ¿Quién es Faustina?

Comienzo esta historia por entregas sobre Faustina, la escritora.

Faustina quiere ser escritora, quiera vivir de lo que escribe. Lo intenta y tiene algunos buenos resultados.

Faustina quiere todo su tiempo para sí. No piensa en tener hijos ni en vivir con nadie. Puede enamorarse pero necesita pasar mucho tiempo sola, para leer, para escribir, para pensar.

Mira The Big Bang Theory y piensa que le gustaría ser como esos jóvenes científicos entrampados en su propio mundo y siempre risueños y extraños al afuera. Sospecha que puede parecerse un poco a ellos pero que en otras cosas es perfectamente normal. De hecho cuando conoce a alguien no se imaginan que es escritora. Aunque no sabe exactamente porque ha tenido amigos frívolos que la veían como una intelectual y ella se adaptó a medias. Ahora quisiera ser un aparato total y vivir para los libros y no entender nada del mundo. Es extraño porque toda su vida se negó a ser así. De hecho buscó muchas experiencias y las encontró pero ahora sólo piensa en escribir y en conocer a gente que escriba.

Ella es feliz cuando su editor le dice que lo que escribe está perfecto. Todos los días brotan escritores de las piedras y ella es una minúscula parte de algo enorme.

Ella tiene alumnos. Varias personas pagan por sus clases porque sabe bastante y es muy buena enseñando. Se ha pasado años dando clases, es un oficio muy propio, se brinda buena parte del recorrido personal que uno ha trazado con sus libros.

A Faustina no le gusta que la interrumpan un feriado cuando está escribiendo. Los feriados se han hecho para quedarse en casa, dormir hasta el mediodía y escribir. Pero siempre hay algún amigo que no sabe que hacer con su tiempo. Faustina prefiere no abrir. No siempre fue así. La soledad de la escritura no fue algo fácil para ella. Cuando era más chica la detestaba y combatía pero después entendió que el mundo puede ser poderosamente aburrido para alguien que escribe. Especialmente si uno quiere tragárselo todo de golpe, si es angurrienta como buena veinteañera. Llega un momento que agobia, que se ven las hilachas con demasiada rapidez. Faustina corría el riesgo de ser demasiado inteligente o demasiado tonta. Según la conveniencia y el gusto de quien la miraba. Según el grado de bronca que sus opiniones o su aburrimiento generaran en los muchachotes y muchachitas que conocía, en los grandulones y señoronas.

Faustina se hizo escritora a fuerza de enojarse bastante con las costumbres. ¿Tenía que ser una madre de veinte años? ¿Tenía que casarse? ¿Cuántas veces por semana debía salir de noche? Faustina salía mucho y se empeñaba por ser normal pero siempre era la chica rara.

Faustina se pasa la noche del feriado llorando. Hace mucha filosofía pero la verdad es que está por indisponerse.

Faustina piensa que tendría que tener más dinero. No vive mal ni mucho menos pero siente que es una chica que necesita más plata. Cuanta más plata mayor independencia.

No le gustan las típicas conversaciones de mujeres. No es una chica a la que le guste hablar de los demás. Ella siempre tiene ideas en la cabeza. Siempre está en otro mundo porque le importa bastante poco si el novio de su amiga, o el flaco de la esquina o si la invitaron o la llamaron. No le importa. Está de paso. Salvo excepciones. Faustina identifica muy bien las excepciones, tiene un filtro casi perfecto. Si no son excepciones son literatura.

Faustina vive en el centro y a veces no puede caminar de tanto grupo de pendejos que no les importa nada y se mueven como si estuvieran solos. Faustina ama el centro y todo lo que tiene que ver con ese mundo. Mucho bar, mucho negocio, mucho ruido. Vuelve de hacer las compras a las ocho de la noche. Siempre hay gente. Detesta al cieguito que se la pasa contando temas de Arjona pero no viviría en un barrio por nada del mundo. No es una chica de barrio.

Pensándolo bien el centro es el mejor lugar de la ciudad para Faustina. Pasa mucho tiempo sola. En un barrio estaría al borde de la locura.

domingo, 10 de marzo de 2013

Liderazgo, pedagogía y oratoria en Hugo Chávez

La muerte nunca dejó de ser un problema.

En esta parte de la historia contemporánea de la que nos toca ser testigos y protagonistas, la muerte se presenta como una reiteración inquietante. Dos líderes latinoamericanos murieron prematuramente y en la plenitud de su tarea, en un momento donde todavía tenían mucho por hacer y eran imprescindibles. La muerte de Hugo Chávez como la de Néstor Kirchner no sólo despiertan la pregunta por la continuidad del proceso político que crearon sino que permite entrar en el detalle de las particularidades que vinieron a instalar en el campo de lo político.

Chávez se presentó como un líder carismático en una época donde esa figura parecía haber entrado en desuso. Si bien a comienzos de este siglo el fracaso del neoliberalismo había demostrado lo infecunda que podía ser la imagen de un político creada por publicistas, la presencia de un líder también era sospechada. El líder no es una figura del individualismo, rasgo que se utiliza para desmerecer esta cualidad, sino que es alguien que contiene la potencia de los histórico y que habla de las posibilidades de los sujetos. El líder podrá ser un ser excepcional pero también recupera esa singularidad oculta en cada persona, lejos de masificar, estos líderes han interpelado a su ciudadanía , han despertado sus capacidades. Kirchner solía hablar de sujetos comunes con responsabilidades importantes y esa frase da cuenta de una idea de cercanía, de un contagio que puede reproducirse aún en el ser más desprotegido. El poder de la trasformación que genera innumerables sismos, mareas humanas, presencias que nadie puede detener.

Los liderazgos latinoamericanos se sostienen en la posibilidad de transformar la vida de la gente, de plasmar sus ideas en logros concretos.

El año pasado tuve la oportunidad de entrevistar a Alain Badiou para la revista Debate y me atreví a preguntarle si el líder, en vez de estar encasillado en la figura del Uno, como él buscaba ubicarlo, no podía ser la expresión de un múltiple y si el acontecimiento amoroso al que él hace referencia en su obra, no podía expresarse en ese amor al líder. Si bien Badiou se permitía reconocer que estas características tenían lugar, se negaba a ver a los gobiernos latinoamericanos como acontecimientos políticos, que en sus palabras, y dicho rápidamente, correspondería a sucesos que presentan algo del orden de la novedad, de la creación política. Para él se trataba de experiencia bastante parecidas a los gobiernos de Roosevelt o de Gaulle. Es decir, Latinoamérica no le estaba diciendo nada demasiado novedoso al mundo ni estaba aprendiendo de su historia para pensarse y parirse por fuera de los modelos imperialistas sino que estaba transitando por una etapa de la que Badiou ya conocía el final.

La pedagogía es otra característica de estos liderazgos. Los larguísimos” Aló Presidente” y las cadenas nacionales que tanto molestan a la oposición y que son presentadas como prueba contundente de autoritarismo, tienen como finalidad educar a la mayoría de la población en las transformaciones que se están viviendo. La remanida toma de conciencia es un ejercicio de desnaturalizar y correr la maleza. De evidenciar cuales eran los mecanismos que servían para sostener un orden de cosas y que es lo que buscan transformar a partir de cada una de las decisiones que se toman. Son esfuerzos de recuperación de la autoestima, actos que buscan construir fortalezas morales. Se presentan como épocas donde todo debe ser repensado.

La épica es otra característica, entendida como la posibilidad de tomar dimensión del valor histórico de las acciones que se llevan a cabo y del nivel de conflictividad que presentan, determinados por la presencia y el vigor con que dan la batalla sus enemigos. Porque estos enemigos se vuelven más visibles e intentan también sostener su identidad. Pero la épica le da un nuevo lugar al pueblo, lo obliga a tomar partido y le da espesura a ese líder. Son vidas individuales las que se sienten llamadas, las que se reclaman como imprescindibles para dar la batalla. Ya no se construye una historia excluyendo, generando en ese ciudadano de a pie la ingrata percepción de su inexistencia. A ese pueblo hay que hablarle a los ojos, hay que recorrer hasta el rincón más escondido y comprenderlo.

La presencia concreta y la puesta en escena, dato que la derecha suele usar para descalificar o destacar un carácter ficcional de los líderes latinoamericanos cuando hasta la más ingenua ceremonia social encierra una puesta en escena, señalan también esa voluntad inclusiva en el espacio político. La espectacularidad de un Chávez o de una Cristina Fernández habla de una política que no se propone sustentarse en un detrás de la escena sino que abre el gran escenario político a todas las contiendas que sus decisiones despierten y le pone el cuerpo a las batallas. Son cuerpos que se desgastan más y se vuelven más frágiles porque están mucho más humanizados, no son el resultado de un ceremonial o de un spot publicitario sino de una realidad cotidiana donde los autores del libreto son ellos mismos. De su capacidad para hablar, para expresar esas ideas que sostienen sus actos, dependerán también sus adhesiones y odios.

La oratoria de Chávez que lo vuelve distinto, una continuación de Fidel pero también el exponente de una política que se creía añeja y olvidada, es una demostración de su fortaleza. De la capacidad de plantarse con todo su pasado y con todo lo que hace día a día y demostrar que cada una de sus ideas y sus actos están en su cabeza y pueden acontecer en cualquier lugar y en cualquier momento gracias a la potencialidad de su voz.

La experiencia de escucharlos (a Chávez y a Cristina y a Lula y a Correas) es una experiencia transformadora y riesgosa porque allí están también sus contradicciones y la terrible posibilidad de equivocarse, la frase que funciona como un traspié y que será atrapada por la oposición para reducir tres horas de discurso a una palabra inadecuada. Pero esta mezquindad ocurre porque ellos saben que las palabras de estos políticos son acciones, que determinan tanto como cualquier decisión de gobierno porque ya no se trata de llenar el tiempo o cumplir con formalidades, de instaurar un discurso vacío donde todo suena aceptable pero se desliga lastimosamente de la realidad, sino de ponerse a prueba en cada palabra, de sostener, como creía Aristóteles que en la respiración está el alma.

domingo, 12 de agosto de 2012

La política de la inacción

Existe una especie de ideología, que podría llamarse la política de la inacción que se ocupa de despojar a la política de su carga de efectividad.
Dentro de esta línea política los funcionarios deben actuar como meros burócratas que no resuelven problemas ni producen mejoras en la sociedad sino que se encargan de contener situaciones conflictivas y educar a la población en la ideología de la imposibilidad. Los problemas por los que atraviesa una sociedad jamás pueden ser resueltos. Las demandas son utopías ridículas que dejan en un lugar desvalido al que se atreve a pronunciarlas.
Roberto Esposito habló de ciertas formas de democracias acéticas y silentes, sin valores ni sentidos, que él como intelectual de izquierda propagandizaba, con la fantasía de que la acción y el sentido sería otorgado por la acción de las masas. Un poder neutralizado y neutralizador es el ideal tanto del neoliberalismo como de la izquierda revolucionaria. El primero porque necesita despojar de toda idea de acción transformadora a la sociedad y la segunda porque cree que ese es el escenario propicio para la participación del pueblo.
Desde la llegada del kirchnerismo al poder esta formulación se vio derrotada o, al menos, herida de forma irreversible porque Néstor Kirchner demostró que se puede llegar a la presidencia de la nación para resolver problemas, para mejorar la vida de los ciudadanos y para visibilizar conflictos como una herramienta dinamizadora de la vida social donde los distintos sectores adquieren protagonismo y capacidad de presión. La sociedad entera crece bajo este tipo de ideología, tanto quienes se sienten identificados con ella como quienes la detestan.
Pero a partir del momento que la crisis internacional se hizo más profunda. Cuando la Europa próspera de hace unos años ya no es un ejemplo, cuando la Argentina no se muestra como un país que usa esa crisis como excusa para el ajuste, algunos exponentes de la política de la imposibilidad intentan volver a implementar su fórmula, básicamente porque si no lo consiguen no tienen chances de volver al poder. Para ganarle al kirchnerismo es indispensable destruirlo y para destruirlo deben propiciar las condiciones de una desilusión colectiva. Ellos saben muy bien que toda experiencia política que recupera la épica, el mito, la adhesión desde un lugar afectivo cuando fracasa genera un sentimiento de frustración y desánimo muy profundo. La derecha sólo puede ganar las elecciones creando una sociedad derrotada, replegada, que ya no está dispuesta a salir al ruedo.
Por supuesto que en un escenario acostumbrado a una política de causas y efectos su estrategia no deja de desconcertar. La pregunta que surge es qué provecho pueden sacar de pagar un aguinaldo fraccionado o no resolver un prolongado paro de subtes. La respuesta más simple, la que más se ha escuchado por estos días es la de trasladar el costo político al gobierno nacional. Yo no descarto totalmente esta alternativa pero me atrevo a disentir, a señalar que no es ese su principal objetivo.
Lo que yo creo es que personajes como Daniel Scioli y Mauricio Macri, como las caras visibles de una mecánica política que es mucho más que estos dos nombres, buscan generar un estado de frustración constante. Aunque parezca surrealista lo que voy a decir, para la lógica que sostiene a Macri es más efectiva la desolación, la angustia, la impotencia y la furia que genera la huelga del subte que la habilidad para resolver un conflicto. Porque ellos apuntan a una ciudadanía frustrada, encerrada en una situación que no sabe como resolver antes que a una idea social de sectores políticos activos que demandan y a los que es necesario complacer, aunque sea en parte, para resolver el conflicto. Porque para que una huelga de estas características llegue a su fin es necesario negociar y esto significa ceder. Este análisis no deja afuera la posibilidad de que la estrategia del macrismo funcione como un boomerang, fundamentalmente porque esta sociedad no es la misma que la de la década del noventa, tiene una capacidad de reacción mucho más efectiva y tiene conquistas a las que no va a renunciar.
Cuando Macri dice que desconoce a los metro delegados está reproduciendo la misma lógica que en los años del menemismo. En los noventa existía una conflictividad social que era ninguneada por el gobierno. La estrategia era dejar a esos sujetos que se manifestaban casi en una posición de ridículo, como piezas arqueológicas que no entendían por donde pasaba el nuevo mundo. Macri no puede llegar a tanto. Su camino es el de negar el conflicto. Sostener que esa política de concreción de acciones sociales es altamente conflictiva y que por una paz absolutamente impostada habría que sacrificar las resoluciones, las acciones concretas.
Otro ejemplo que funciona en el mismo sentido es el ocurrido hace unos meses cuando en una villa de emergencia le reclamaban al gobierno de la ciudad un micro para que los chicos pudieran asistir a la escuela. Una demanda tan sencilla de resolver para el estado fue rechazada aludiendo que después en otras villas iban a pedir lo mismo. Macri prefirió pagar el costo de un corte en la autopista antes que brindar un servicio de tan fácil resolución para una gestión de gobierno que podría otorgar muchos beneficios en relación a la educación de los niños y a la organización de la vida de una comunidad. Lo que para la gestión macrista sería un acto de beneficencia es en la lógica del trabajo social una inversión que pone en valor la subjetividad de las personas implicadas. Pero Macri no quiere darle entidad de sujeto a las personas demandantes, quiere borrarlas en su capacidad de intervención.
Opera en sintonía con el discurso mediático donde hace cuatro años que anuncian una crisis. La propagandización del miedo necesita ser acompañada de ese ajuste que algunos gobernadores intentan implementar. No se trata sólo de un problema de dinero sino de ver como se puede contener a una sociedad que desde hace nueve años es un factor decisivo en el avatar político argentino. Como en los noventa el objetivo es destruir al pueblo como un factor determinante, como un elemento de tensión al momento de implementar una política de estado.

domingo, 15 de julio de 2012

La provincia de Buenos Aires como prueba piloto

Si las acciones de los sujetos políticos nunca deben pensarse como simple manifestación de un estado de ánimo personal sino que corresponden a un entramado de estrategias de las que ellos son la cara más visible, las sucesivas acciones del gobernador de la provincia de Buenos Aires esconcen algo más que los límites de una ineficaz gestión.

A mi me interesaba la audacia de pensarlas desde un sentido positivo, entendido este como productivo, como generador de un sistema político, de una ideología que busca propagandizarse. Me atrevo, entonces a afirmar que la decisión de Daniel Scioli de pagar el aguinaldo en cuatro cuotas responde a una prueba piloto que un sector importante de la política quiere ensayar: la de volver a implementar el ajuste como un modo de señalar con un dedo a la presidenta y decir: por el despilfarro de los últimos años ahora debemos ajustar. No niego los problemas reales de la provincia en la que vivo, lo que quiero expresar es que esos problemas no se deben a una ineficacia en la administración sino a un resultado elegido, buscado.

Si el kirchnerismo educó a la sociedad en la buena administración de los recursos, en un modo pedagógico de instrumentar el dinero del estado para crecer en todas las áreas, si el gobierno se convirtió en un modo de construir soluciones y no repetir el latiguillo del no se puede, si el estado parece funcionar más como aliado que como generador de obstáculos, un importante sector de la derecha (por no decir toda) está harta de este mal acostumbramiento de la ciudadanía. Si ellos quieren volver al poder tienen que pensar de qué modo van a volver a instalar sus políticas de ajuste sin que la sociedad se rebele. Su prédica contra la crispación y el conflicto no sólo obedece a una mirada política que parte de la imposición silenciosa disfrazada de consenso, es también una estrategia para demonizar cualquier toma de partido que implique una consiente defensa de los propios derechos. Que las familias estén enfrentadas y varios amigos se hayan dejado de hablar por diferencias políticas es para ellos una escena reveladora del daño provocado por el kirchnerismo a la sociedad. Entonces habrá que volver a esas instancias donde la armonía se construía gracias al silencio cómplice, al modo elegante de eludir las verdaderas diferencias.

Que el sistema económico kirchnerista fracase es absolutamente necesario para que la derecha pueda existir. Scioli es el experimento, el mascarón de proa para intentar señalar un limite. El gobernador acepta el riesgo político porque su construcción no se basa en su eficiencia sino en su modo ambiguo de diluirse. Nunca tiene una opinión tajante, ni una decisión clara. Scioli es un gran misterio. No se sabe qué le pasa. Es un ser impávido que se sostiene en el maremágnum político argentino y que es dueño de un caudal de votos envidiable.

Pero la derecha, que es una gran generadora de conflictos, aunque intenta borrarlos. Ha decidido confrontar abiertamente con la presidenta a partir de una estrategia confusa. Es que la confusión es siempre su gran arma. Por eso no quiere ciudadanos discutidores y críticos porque cuando comenzamos a posicionarnos y aprendemos a defendernos son muchas las cosas que se salvan de la gran espesura de la confusión. La derecha entonces vuelve con Scioli a las viejas épocas donde una crisis internacional era la excusa perfecta para justificar un ajuste. No se puede pagar el aguinaldo, no hay plata, haya que reducir gastos. Lo intentaron como un modo de señalar que lo que había tocado fondo era la política nacional y Scioli funcionaba como un díscolo gobernador que lo ponía en evidencia. De ese modo buscan volver a establecer una situación de malestar. Una sociedad ofuscada porque tiene menos dinero en el bolsillo.

No es casual que este anuncia de Scioli viniera de la mano del paro convocado por Hugo Moyano. Existe una fuerte voluntad de generar un clima de convulsión social bajo la bandera del no conflicto.

Por esos días quede deslumbrada con el discurso de varios dirigentes de izquierda. En el programa de Gustavo Silvestre un coro conformado por Vilma Ripol y Cristian Castillo decía que muchos trabajadores prefieren trabajar menos horas para ganar menos y no tener que pagar impuestos a las ganancias. Pocas veces he visto una mayor encerrona argumental . Vivimos un tiempo histórico en el que una enfermara, un camionero un docente pueden llegar a un nivel salarial importante, a tal punto de tener que rendir su impuesto a las ganancias. Pero, justamente por esa razón los trabajadores prefieren ganar menos. Me encantaría conocer un sistema político en el que quede abolido el pago de impuestos, un país donde existan paritarias sin techo como exige Pitrola.

Todo forma parte de una misma ideología propiciadora del fracaso.

Es tan desesperado el afán de hacer fracasar al gobierno nacional que no les importa sacrificarse. En gran medida porque Scioli como futuro candidato de la derecha, no sería el hombre eficaz y estadista sino el restaurador de la paz de los cementerios. La figura visible que se ocupe de apaciguar todo aquello que los años de vehemencia kirchnerista pusieron en discusión.

domingo, 18 de marzo de 2012

Debate

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Mi nota de ayer en Debate sobre la obra de teatro "Suspiros" con dirección de Julio Chávez